martes, 27 de enero de 2009

Por el Valle del río Mesa




Un nuevo libro para conocer Guadalajara. Para saber más (para algunois será empezar a conocerla) de la zona septentrional en que asienta el valle del río Mesa. Un curso de agua que nace en la paramera de molina, junto a Selas y Anquela, y que enseguida discurre por los solitarios bosques de sabinas del Señorío molinés. Hasta que se decide a tomarle el pulso a los roquedales que atraviesa y tras pasar Turmiel y Establés, se precipita hacia Mochales, Villel y Algar.
El libro, que forma parte de la ya nutrida colección “Pueblos d España” de Editorial Mediterráneo, está escrito por Teodoro Alonso Concha,.y cuenta con las fotografías espléndidas de Paco Gracia Abril. En gran tamaño, y todo a color, la obra nos ofrece una visión distinta de esta parte de la provincia, que fue durante muchos años frontera entre Castilla y Aragón.
Destacan en ella os paisajes agrestes y solitarios. Por ejemplo, los sabinares de Establés y Turmiel, con espléndidos ejemplares de árboles que alcanzan los ocho siglos. O con las cárcavas del bajo Mesa, por Algar ya, camino de Calmarza, donde finalmente se forma (antes de llegar a Jaraba) una de las más espléndidas hoces rocosas de España. Merece la pena seguir el camino hasta los dos primeros pueblos de Zaragoza.
El autor, que conoce bien el entorno, describe paisajes y pueblos, habla de sus historias y curiosidades, pormenoriza los elementos singulares de la tierra, como los castillos (hay varios en la zona) los pairones, las casas grandes de cada lugar, los molinos de junto al río, los palomares, las ermitas… es una delicia seguir con su texto el curso de las aguas, y recordar, o descubrir sus pueblos (Amayas también, y Milmarcos, y la ermita de Santa Catalina en Hinojosa, y la belleza silenciosa de Labros, más el final encuentro con Villel, el pueblazo del valle, ancho y apiñado bajo su castillo.
Un libro singular que merece gozarse.

miércoles, 21 de enero de 2009

Entrevista a Javier Serrano Copete en el "Decano"


El pasado viernes 16 de enero, en la revista "El Decano de Guadalajara" (páginas 24 a 26) se publicó a una entrevista a Javier Serrano Copete, autor de "Una historia de Anguita: el pueblo y su entorno".
La revista es semanal (ésta es la de la semana del 16 al 22 de enero) y vale 1.60 euros.
DISPONIBLE EN TODOS LOS QUIOSCOS DE LA ALCARRIA!
Disponible en La Garlopa: http://www.lagarlopa.com/?p=906

sábado, 17 de enero de 2009

Guadalajara, cuna de la Aerostación Española




Una publicación que parece ser definitiva sobre uno de los periodos más interesantes de la historia de nuestra ciudad. Esa es la esencia del libro, muy bien editado y presentado, que acaba de ofrecernos el Patronato Municipal de Cultura, en coedición con el Servicio de Cultura de la Excmª Diputación Provincial de Guadalajara.
Se trata del titulado “Guadalajara, cuna de la Aerostación Española” y que se debe a la pluma y al rigor estudioso de Pedro J. Pradillo y Esteban, quien en esta ocasión nos ofrece una meticulosa secuencia de cuanto sucedió en Guadalajara en relación con la creación del Cuerpo de Aerostación, con sede en la Academia de Ingenieros Militares. Todas las aplicaciones que la ingeniería aeronáutica fue poniendo en práctica desde los años finales del siglo XIX, hasta el momento de la Guerra Civil, tuvieron su sede inicial en Guadalajara. Los globos, los dirigibles, incluso aviones pequeños, manejados y dirigido todo el proceso por las figuras capitales de esta ciencia en nuestra país, especialmente el entonces Coronel Pedro Vives, y los capitanes Kindelán, Herrera, Hernández Alcalde, Sárraga, Gordejuela, Jiménez, San Martín, etc. Una larga serie de nombres, todos ellos pertenecientes a militares del arma de Ingenieros, que en la Academia y los cuarteles arriacenses fueron poniendo a punto el inmenso sistema de la conquista española del aire.
El libro firmado por Pradillo es perfecto en cuanto a cantidad y calidad de datos, exposición, y material gráfico. Bien secuenciado, ofrece la historia de la Academia de Ingenieros en primer lugar (el siglo que tuvo de vida entre nosotros), la Aerostación como primer paso de la aviación, la gestación, formación y experimentación en el seno del Servicio de Aerostación, los personajes que fueron sus protagonistas, y los sistemas utilizados (globos libres y cautivos, globos dirigibles) así como los espacios arquitectónicos en los que desarrollaron esta actividad.
Un libro, en definitiva, perfecto y aleccionador, que dará mucho saber y mucha imagen curiosa a quien desee entrar, en toda profundidad, en esta parcela tan concreta, y hasta ahora no plenamente analizada, de la Aerostación Española desde Guadalajara.
El libro tiene 152 páginas, en un tamaño cuadrado de 24,5 cms. de lado, y una encuadernación en tapa dura, impreso todo él a duotono, con papel de calidad y una presentación de consumada profesionalidad.

lunes, 5 de enero de 2009

Las Minas de plata de Hiendelaencina




Hace pocas fechas se ha presentado en Hiendelaencina un libro sobre sus minas de plata, por lo que este aspecto del patrimonio guadalajareño ha vuelto a ser actualidad. Abelardo Gismera Angona, que fue maestro y es natural del pueblo, ha visto por fin en la calle su “obra de toda una vida”, y con ese impresionante volumen bajo el título de “Hiendelaencina y sus minas de plata”, que fue presentado en el Ayuntamiento de la localidad, ofrece la realidad de aquel mundo, que dio para vivir, soñar y aun enriquecerse a muchas gentes de hace ahora un siglo.

El libro de las Minas

Este libro está escrito por Abelardo Gismera Angona, se titula “Hiendelaencina y sus minas d eplata” y tiene 416 páginas con una gran cantidad de imágenes, tanto fotografías antiguas y recientes, comomplanos originales, gráficos de producción, etc. Está editado por AACHE de Guadalajara, y por cuantos lo han visto ha sido calificado de auténtica “enciclopedia de las minas”, tanto por lo que abulta como por la increíble información que aporta. No le falta nada, y anima después de hojearlo a iniciar el viaje a Hiendelaencina, a visitar en directo lo que allí se narra.

La historia de Hiendelaencina

Sobre la oscura planicie que bordea los hondos barrancos del Bornova y sus microscópicos afluentes, con los picos de la sierra encima, y la silueta de las viejas casas de pizarra contrastadas con las medio derrumbadas chimeneas de los complejos mineros, se alza hoy Hiendelaencina, que tiene en todo caso siglos de antigüedad, porque perteneció en su origen al Común de Villa y Tierra de Atienza, rigiéndose por su Fuero. En 1269 aparece citada en documentos como Loin del Encina (más tarde será nombrada Allende la Encina), y quedando luego adscrita al Común de Villa y Tierra de Jadraque, en su sesmo del Bornova. Con él pasó a propiedad y señorío de don Gómez Carrillo, en 1434, por donación que de toda esta tierra hizo el rey don Juan II y su esposa a este magnate castellano al casar con doña María de Castilla. Como el resto de la tierra jadraqueña, Hiende­laencina pasó a poder del cardenal Mendoza, éste instituyó mayorazgo con el título de conde del Cid para su hijo Rodrigo, por cuya vía vino a quedar, mediado el siglo XVI, en poder de los duques del Infantado, hasta el siglo XIX.
Fue en esta centuria cuando la villa conoció el inicio y apogeo de toda su prosperidad, al ponerse en explotación a gran escala las minas de plata que por su término se distribuyen, y que ya eran conocidas desde la época de la dominación romana. Faltas de una utilización y trabajo opor­tuno, habían quedado muchos filones sin ser nunca aprove­chados. La perspicacia y afán emprendedor de un navarro, don Pedro Esteban Gorriz, hizo que éste “descubriera” en 1844 el filón de Canto Blanco, creando una sociedad para su explotación, e iniciando ese mismo año la extracción del mineral en la llamada Mina Santa Cecilia. Es curiosa la rela­ción de los siete valientes que forman esta sociedad, porque está formada por gentes de muy variada condición y procedencia, unidos solamente por la fe en eso que estaba tan de moda en el siglo XIX: el progreso.
El 9 de agosto de 1844 quedó constituida esta primera sociedad explotadora, formada por: don Pedro Esteban Gorriz, agrimensor oficial desde 1840 por varios pueblos de la provincia de Guadalajara, hombre muy aficionado a la minería, y dedicado con pasión al estudio de los suelos y sus propiedades; Francisco Salván, murciano, que trabajaba en Sigüenza como empleado de Rentas Estan­cadas; Ignacio Contreras, natural de Torremocha del Campo donde se ocupaba del tradicional pluriempleo de ser sacristán y maestro de primeras letras; Galo Vallejo, cura párroco de Ledanca; Eugenio Pardo y Adán, sacristán de Bujarrabal, y contador oficial en la catedral de Sigüenza; Francisco Cabre­rizo, leonés, empleado en la cárcel de Valladolid, y Antonio Orfila, mallorquín, administrador en Guadalajara de los du­ques del Infantado, buen conocedor también del terreno y hermano del famoso Mateo Orfila, catedrático de química en París y autor de numerosos tratados científicos, a quien fue­ron enviadas las primeras muestras del mineral extraído, y que, al contestar afirmativamente respecto a su riqueza, dio el espaldarazo definitivo a tan magna empresa.

El patrimonio minero

Si hay pueblos de Guadalajara que tienen un patrimonio románico que les hace destacar entre todos (Pinilla, Albendiego, Carabias…) o un patrimonio renacentista que les lleva a todos los capítulos que tratan de ese tema (Cogollado, Mondéjar…) el patrimonio de Hiendelaencina es el minero, por supuesto.
Para el viajero de hoy no dirá nada su iglesia parroquial moderna y sin arte, o el conjunto de calles y plazas que muy bien arregladas permiten a sus habitantes vivir a gusto, pero perdido ya el aire que tenían en tiempos pasados. Aún se ven algunas casas o, sobre todo, algunas tinadas y corrales viejos construidos al serrano modo, con sus muros de gneis y sus tejados de pizarra. El auténtico patrimonio de Hiendelaencina, a medio hundir y desaparecer, pero testigo aún de su pasado glorioso, son los edificios de sus minas, que se reparten por el término, y que este libro de Gismera Angona rescata, organiza, explica y ofrece en su dimensión auténtica. Valgan las siguientes líneas como memoria apretada de los mejor del conjunto.
Porque de todo ello es sin duda la fábrica de La Constante uno de los elementos claves de esta zona minera. Surge a raiz de la llegada, en 1845, de los ingleses a Hiendelaencina. Durante 30 años, y hasta 1877, es la empresa del señor Pórtland y su compañía quienes se dedican, con los mejores aparatos y elementos técnicos de la época, a extraer y depurar la plata que sale de la tierra. Se calcula que en solamente entre 1854, recién abierto el conjunto, y 1859, se obtuvieron 500.000 quintales de plata por un valor de unos cinco millones de reales. Se creó la Sociedad “La Bella Raquel” y a la fábrica le denominaron “La Constante”, elevando una serie de edificios junto al río Bornova, en la cara sur de la sierra del Alto Rey, en término de Gascueña, y dotando al lugar de todas las comodidades imaginables para la época. Con los años llegó a ser una gran factoría con amplias naves y altas chimeneas, instalando más tarde dos máquinas de vapor. En 1868 la Sociedad “La Bella Raquel” compró otras minas del conjunto: Santa Catalina, Perla, Tempestad, y más tarde Unión, Verdad de los Artistas, Suerte y San Carlos. Todo se vió paralizado, por agotamiento de los filones, hacia 1877 en que la Sociedad prácticamente abandonó “La Constante”, levantando casi todas las instalaciones siendo finalmente vendida a muy bajo precio a los siguientes propietarios y explotadores, los señores Bontoux y Rotschild, que la mantuvieron, a pesar de los problemas de la primera Guerra Mundial, en funcionamiento hasta 1926. Fue adquirida luego por un segoviano, Gregorio Lobo, que arregló una parte para vivienda y planto chopos junto al río, pero luego todo quedó abandonado y aquellos no es hoy más que un montón de evocadoras ruinas. Como todo el resto de bocas de mina, fábricas e ingenios productivos.

Proyectos para Hiendelaencina

El actual Ayuntamiento de Hiendelaencina tiene muchos proyectos para su pueblo. Ya desde antes de saber que esa empresa alemana quería iniciar sus investigaciones para una posible apertura de la minería argentífera.
Se está elaborando un proyecto, y ya existe el local –un edificio consistente- para que pueda tomar cuerpo, de crear un “Museo de las Minas” en la villa. Esto de los museos sí que es un filón que aún no ha sido explotado por nuestros pueblos, más atentos (durante todo el año) a la celebración de unas sonadas fiestas, que se van tan rápido como han venido, disueltas en el humo de los últimos cohetes, que a la tarea de crear anclaje de sus gentes y a la atracción de otras que pasen.
No hace mucho realicé un viaje por Francia, por esa Francia rural y limpia de la Auvernia, el Allier y el Bourbonais, y en muchos de sus pueblos existen pequeños museos que ofrecen la memoria expresa de sus más característicos elementos, históricos y patrimoniales. Están siempre llenos, hay colas para entrar y en todo caso dinamizan los lugares en que están.
Precisamente el libro que acaba de aparecer y va a presentarse, voluminoso y cuajado de antiguas imágenes y datos, está hecho con la mira de ser el referente de ese Museo, de tener por una parte su archivo de datos bien concreto y manejable, y por otra servir de alimento patrocinador, pues por parte del autor sus derechos los ha cedido para apoyar la puesta en marcha de ese Museo.
Sin querer sentar ninguna cátedra en el tema, me atrevería a dar un posible esquema de ese Museo, en el que cabrían, de entrada, una o varias salas explicativas de la evolución histórica de las minas (descubrimiento, descubridores, primeros pasos, épocas de apogeo, ruina…) seguido de otra sala, que tendría que jugar con numerosos gráficos, explicando los volúmenes de extracción, y la riqueza producida por épocas. Un tercer espacio estaría dedicado a las fotografías, imágenes, dioramas, maquetas, de los edificios que dieron vida a aquellas instalaciones. Una cuarta zona podría dedicarse a mostrar los espacios geográficos y posibles rutas, bien indicadas, para recorrer a pie (casi no hay otra posibilidad de hacerlo) los lugares donde quedan ruinas y vestigios. Finalmente, una zona “estrella” del Museo sería la reproducción completa de un modelo, se supone que reducido, de las antiguas minas, bajando a él mediante un descensor de la época, y viendo en directo aquellos sistemas de galería, vagonetas, etc., con lo que el visitante tendría una imagen muy viva de cómo era aquel mundo que ya solo se evoca.