domingo, 19 de febrero de 2017

El libro de los estorninos

Marco Alario, Marta: “El libro de los estorninos”. Aache Ediciones. Guadalajara, 2017. 84 páginas. ISBN 978-84-17022-04-4. P.V.P.: 12 €.

Aparece en el horizonte de la literatura provincial un nuevo nombre, en joven, en femenino, en positivo, en asombroso: la profesora de Literatura Marta Marco se lanza al ruedo de la poesía con esta ópera prima en la que no deja por contar y cantar.
Nada más abrir el libro, con una cuidada edición de Aache,  la página de Agradecimientos es un poema en sí misma, y apunta, de entrada, la capacidad de la autora para narrar, evocar, metaforizar y dar fuerza a los recuerdos de lo vivido.
Desde ahí nos colamos entre un sonar de pájaros y un crujir de ramas en la obra densa de esta autora, descubriendo desde el inicio que su voz es muy personal, sin interferencias, que ha leído mucho (porque es obligatorio leer mucho, leer a los otros, cuando se trata de crear) y sin embargo no le cuesta nada, a la hora de sentarse y escribir, ser ella misma: alegre, proyectada, fundamental en lo superficial y eje de todo giro. Pudiera decirse que Marta Marco ofrece en sus manos abiertas una gran carga de Cultura, de esa que (como la definía Ortega y Gasset) “es lo que queda después de haber olvidado lo que has aprendido”.
De la primera a la última página, este libro de losestorninos es un descubrimiento de su trayectoria vital. En la Introducción nos lo dice claramente: …si hay un hilo de seda conductor en los poemas que vais a leer a continuación, es que todos ellos son disecciones de mi vida… Y a continuación el lector se preguntará “¿Y a mí qué me imnporta la vida de esta persona? Y yo contesto: “Sí te importa”. Porque si una persona es excepcional, no te interesa lo que le haya pasado, es algo ue está fuera de tus cálculos y tus vivencias. Pero si esa persona es como tú, como yo, absolutamente normal, sí te interesa, porque lo que ella ha vivido, lo que ha sentido, lo que ha sufrido y esperado, es lo mismo que te ha pasado a ti. Y de este blog de experiencias ajenas, siempre se aprende, o conviene aprender siempre.
Al lector que dé el paso de abrir este libro y adentrarse por sus poemas, le auguro un rato feliz. Cuando se encuentre con cada uno de esos 38 “estorninos” organizados en 4 vuelos, y cuando lea lo que Marta nos cuenta de sus hijos, de sus alumnos, de su trabajo y de sus viaje. Cuando nos lance ese grito de “La suerte, esa…” o cuando se ponga rotunda y alce la bandera más alta y limpia de la poesía esencial, cantando al “Amor. A mar…” Son expresiones vívidas maravillosamente contadas.
El libro se convierte en perfecto cuando, además de leer las composiciones de Marta, vamos saboreando las ilustraciones de Nora Marco, o cuando leemos (conviene hacerlo al principio) las frases de Teresa Maseda en la contrcubierta, mirando esas cuantas fotos transgresoras de Ainhoa Ramos y analizando el Prólogo desvelador, revelador y explicativo que le pone al principio Marisa Peña. Un libro redondo, perfecto, y amable. Porque no lo olvidarás nunca tras haberlo leído.


A.H.C.

sábado, 18 de febrero de 2017

Otra visión [más práctica] del Viaje a la Alcarria


DOMÍNGUEZ, Laura y TOQUERO, Fernando, ¡Viaja a la Alcarria! Cuaderno de viaje, Guadalajara, Excelentísima Diputación Provincial de Guadalajara, 2016, s. p. (14 capítulos de 4 pp. cada uno = 56 pp.). [Carece de ISBN].

El lector, especialmente el de Guadalajara, se habrá podido dar cuenta de que a lo largo del pasado año 2016 fueron muchas las actividades que se llevaron a cabo, la mayoría por parte de la Diputación Provincial, con motivo de la celebración del Centenario del nacimiento de Cela (1916-2016). Aparte de conferencias, lecturas compartidas -del Viaje a la Alcarria-, exposiciones, viajes y recorridos turísticos siguiendo la huella del autor, han sido unos cuantos los libros que se editaron, de parte de los cuales hemos dado información a través de nuestra colección “Baúl de libros” desde esta misma página de los viernes.

Hoy le corresponde el turno a un libro meramente informativo, una especie de guía turística hecha para conocer lo más sobresaliente del Viaje… antes citado en muchos de los aspectos que en él se recogen o se indican a modo de mero sencillo “baedecker” actual. Por eso el subtítulo de la obra -Cuaderno de viaje-, que indica los diversos medios o pasos a seguir para conocer no solo el libro sino también su circunstancia y los pueblos por los que pasó C.J.C. y en los que dejó su huella literaria y el recuerdo a sus amigos.

El Cuaderno que presentamos ahora tiene forma de colección de trabajos, rutas concretamente, anilladas y con una sobrecubierta a modo de carpeta que los protege. Es una guía, al fin y al cabo, diseñada para ir en el macuto o en la guantera del coche.

Sus primeras palabras son de bienvenida al lector, al tiempo que una recomendación al lector del libro antes de comenzar su aventura o, mucho mejor, durante el mismo. Viaje, por otra parte, que puede hacerse en tres etapas, en coche o moto, ideal para un fin de semana, con un recorrido total de 278 Km. o en diez días, andando o combinándolo en alguna ocasión con el empleo del autobús -como hiciera el autor-, forma que alargaría poco más la opción anterior, hasta los 294 Km.
Rutas que se sitúan debidamente en el correspondiente mapa del periplo propuesto, que se acompaña de una breve y sencilla explicación del por qué Cela eligió la Alcarria para recorrer alguno de sus pueblos, así como un vocabulario básico del viaje: morral, bota, cantimplora, que continua en el capítulo siguiente y que sirve de pórtico -capítulo 3- al viaje en tres días, con los siguientes recorridos: 1).- Madrid – Guadalajara – Taracena – Valdenoches – Torija – Brihuega – Cívica – Masegoso de Tajuña – Cifuentes – Gárgoles de Abajo – Trillo. 2).- Trillo – Viana de Mondéjar (Tetas de Viana) – La Puerta – Chillarón del Rey – Durón – Budia – El Olivar – Pareja – Casasana – Córcoles (Monasterio de Monsalud) – Sacedón, y 3).- Sacedón – Tendilla – Pastrana – Zorita de los Canes – Recópolis, con indicaciones acerca de donde se puede comer y/o dormir.
Con esto comienza ya el viaje en diez días y, para que el lector se haga una idea lo más cabal posible de cada una de las rutas que han de seguirse, pondremos un ejemplo que sirva para el conjunto.

El viaje parte de la capital de España y finaliza en Torija.

En Madrid nace la ruta por la Alcarria y se trata de una especie de “viaje iniciático desde el ruido hacia el silencio”. Comienza en el Madrid señorial de junto a las tapias del parque del Retiro, atraviesa la multitudinaria estación de Atocha y llega a Guadalajara en “el corto”. Desde la estación de ferrocarril alcarreña hasta el centro de la ciudad el viajero cruza por el puente del río Henares y, un poco más arriba, al final del cuestarrón, contempla el palacio del Infantado, que en 1946 estaba en ruinas.

Pero además del viaje en sí, el viajero actual debe darse cuenta de que hay una serie de elementos, digamos naturales, que le ayudarán a comprender mejor esta pobre tierra, entre ellos los aromas vegetales: Tomillo, romero, salvia, cantueso, albahaca… que Cela describe. De ahí el sabor de sus mieles y el olor indescriptible de los breves que se utilizan para adobo de cabritos y corderos asados, propios de la gastronomía de esta tierra de pastores y ganados.

El camino conduce a Taracena y Valdenoches y termina alcanzando Torija, donde el escritor se refresca los calores veraniegos en el zaguán del parador, que nunca hay que confundir con posada.
En Torija, el viajero de hoy podrá visitar el “Museo del Viaje a la Alcarria”, instalado en el castillo que domina su plaza Mayor, en el que podrá ver libros, fotografías y viejos recuerdos y curiosidades que le animarán seguir el camino, que no ha hecho más que empezar.

Siempre figura en la ficha que mencionamos una breve pero selecta nómina de los lugares donde poder comer y pernoctar, así como un espacio destinado a “Mis notas de la etapa”, lo cual viene a indicarnos que este Cuaderno de viaje no se limita a ser una guía, sino que quiere servir también como herramienta didáctica en la que apoyarse para conocer la geografía alcarreña en todos sus recovecos y, además, dejar recuerdos permanentes para el mañana.

Los capítulos siguientes recogen los caminos que van de Torija a Brihuega; de Brihuega a Cifuentes; de Cifuentes a Trillo; de Trillo a Budia; de Budia a Durón, de Durón a Pareja; de Pareja a Sacedón; de Sacedón a Pastrana y de Pastrana a Zorita de los Canes (Recópolis), a los que les sigue otro capítulo más, dedicado a dar a conocer las fiestas de interés turístico que tienen lugar en los mencionados pueblos de la ruta, y concluir con una nueva tanda de datos, como por ejemplo, saber que Cela estuvo en el camino del 6 al 15 de junio de 1946, cosa que todavía no está suficientemente demostrada, puesto que al parecer, realizó varios viajes, en fechas distintas, con el fin de tomar algunas notas con el fin de incluirlas en los artículos que periódicamente fue publicando en el diario Arriba. Además, dicen los estudiosos, que algunas partes del camino las hizo en compañía de otras personas.

Y una recomendación final, la posibilidad de viajar en cualquier época del año, si la ruta se sigue en automóvil, pero preferentemente durante los meses de Abril a Junio y Septiembre y Octubre, en que los olores de las plantas labiadas son más intensos y no hace tanto calor como en pleno verano.
Un Cuaderno…, como puede apreciarse, plagado de ideas para llevarlas a cabo en el viaje, que aunque no se cumplen en su totalidad, al menos servirán para dejar una huella en el recuerdo del viajero actual. Un Cuaderno… que puede y debe completarse con fotografías y dibujos, pantas del camino, tal vez de las cunetas donde reponerse del cansancio o del calor, disecadas, recortes de prensa y recuerdos recogidos en los bares y casas rurales, notas y escritos que se nos vayan ocurriendo y que, sin duda, constituirán otro libro complementario al de Cela y con el Cuaderno… que hemos comentado.


José Ramón LÓPEZ DE LOS MOZOS

sábado, 11 de febrero de 2017

Otro Viaje a Brihuega

MAÑUECO, Juan Pablo, Viaje a Brihuega y las primeras cincuenta castellanas. Donde se narra la segunda salida de Alcarriante, Guadalajara, Aache ediciones, 2016, 194 pp. [ISBN: 978-84-92886-93-7].
El libro que comentamos es, por así decir, la continuación de otro anterior titulado Viaje a la Alcarria, versión XXI (2016) que Mañueco escribió al cumplirse el setenta aniversario de la edición del Viaje… que escribiera C.J.C. Su autor indicaba entonces que no “iba a seguir las huellas de nadie -aunque sí podía seguir la misma dirección-, en un viaje ajeno perteneciente a otra época, donde no hay personajes de relieve que bus car y donde además se refleja una Alcarria antigua, anacrónica, desfasada, trasnochada y rancia”.
Claro está que en la obra de Cela no aparece personaje alguno de la importancia literaria de un Don Quijote de la Mancha y Sancho, su escudero, que jamás morirán.
Es cierto también que Mañueco reconoce que aquella Alcarria que describió más arriba como antigua y anacrónica, de postguerra, ha ido cambiando a pasos agigantados con el paso del tiempo, pero no debe olvidarse que tanto Don Quijote como Sancho, tampoco dejan de ser meros personajes de ficción y que los que mueve Cela en su narración fueron personajes literarios en algunos casos, pero que el resto, un gran resto, fueron seres humanos como usted y como yo, sujetos a las mismas o parecidas pasiones, herederos de una Alcarria de autosubsistencia, por lo que Cela, como su autor que fue, no insufló a tales personajes el toque mágico de la inmortalidad ya que “solo recoge o se inventa sus nombres y su pasar por las líneas de la novela. Sin más ni más…”.
Habría mucho que hablar acerca de este concepto. Pensemos en primer lugar que el Quijote fue escrito a comienzos del siglo XVII (1605, la primera parte) y 1615 (la segunda) y que, a pesar de los pesares, en la obra cervantina se mueven personajes vivos, de carne y hueso, que representaron la vida cotidiana a través de sus trabajos y cometidos: el barbero es barbero, el cura lo es y ejerce, la sobrina y la criada no son personajes ficticios y, hasta el mismo Sancho pasó de labrador y destripaterrones a escudero, en contraposición al sujeto de la obra, un Don Quijote que ha perdido la cabeza de tanto leer libros de caballerías, cuyas hazañas quiere imitar en todo.
Algo parecido ocurre con lo que sucede en el Viaje a la Alcarria de Cela, aunque salvando las distancias que, en general, no son tantas si se analizan en profundidad. Cela, es cierto, no dotó a sus personajes o a alguno de ellos, del don de la persistencia en el tiempo, pero tampoco tenía la obligación de hacerlo, y es que, en efecto, sus personajes viven las vivencias propias de 1os años anteriores a 1946… mal que le siente a Mañueco.
Luego surgen una serie de preguntas: “¿Qué queda en el momento presente de aquellos personajes del año 46 si el contexto ha cambiado y ya murieron?”, “¿Es bueno promocionar la Alcarria actual a partir de una tierra subdesarrollada?”. Quien esto escribe piensa que una cosa nada tiene que ver con la otra y que, a lo mejor, es bueno que el lector de Cela parta en la lectura de su libro de aquella tierra que Mañueco llama, quizás con razón, basta y burda. Pero ahí está el quid de la cuestión, que es necesaria esa partida para poder establecer una comparación con el momento actual.
Eso puede verse clarísimamente en el Segundo Viaje a la Alcarria, un libro escrito, así nos lo parece, de mala gana, con elementos actuales que, en muchas ocasiones, figuran ser más bastos y burdos que los de 1946. Es cierto que el tiempo cambia las cosas, pero las cosas que son mudables, por lo que es  más difícil que cambie la forma de ser y de pensar del ser humano, en este caso del alcarreño de hoy, en algunos aspectos más basto que el del año 46, aunque ahora, en este tiempo, en 2017, haya formas de información, educación y cultura que contribuyan a que esta gente, la de ahora, pueda adquirir una educación general mucho más amplia y selectiva que aquella, y que, aunque los medios existan, no se quieran utilizar como es debido.
Pero no nos desviemos del tema que comentamos. Cierto que los personajes de Cela no representan arquetipos de nada. Pero no se trata de eso ni era eso lo que posiblemente pretendiera Cela a lo largo de su viaje.
Y añade después que al desaparecer físicamente sus personajes, ya no pueden ser entrevistados acerca de si vieron o no pasar al novelista que habló de ellos y dejó su huella en las páginas de sus cuadernos de notas, previa al viaje… Pero eso tampoco puede hacerse con los personajes del Quijote, a pesar de que nuestro buen amigo Mañueco no quisiera interesarse por conocer la ruta geográfica de la obra, ni por las presuntas personas reales en que Cervantes pudiera haberse inspirado y que contienen cierta hondura, cosa que, según Mañueco, no sucede en el libro de Cela donde los personajes carecen de vida propia.
Lo cual no deja de ser una exageración, ni mirar para otro lado, empecinándose en querer olvidar algo que es una verdad de tomo y lomo. Y ni siquiera la Alcarria de Cela ha perdurado. Pero, insistimos, eso también ha pasado con el Quijote. Por eso, concluye, el Viaje a la Alcarria es de Cela, suyo propio, personal, mientras que el viaje de Mañueco sería un libro totalmente distinto, suyo e intransferible y, por eso, quiere abandonar aquella ruta para penetrar en la Alcarria por otros caminos diferentes.
Ese “abandono” surgió precisamente en Brihuega, donde su viaje se separa de la ruta matriz y busca propios y distintos rumbos a seguir, aunque para ello tenga que reincidir y volver a la carga anticeliana, que dibuja una Guadalajara “llena de mulas, asnos, carros, moscas, chinches, malas posadas, peores caminos, alcaldes maulas, delatores, miradas de recelo y de sospecha y usuarios de destartalados autobuses vomitando en el coche de línea sobre el pasajero de enfrente”, una Guadalajara que tampoco ha perdurado, afortunadamente”. O sea, una Guadalajara desfasada y enterrada por el tiempo que “¿Qué puede aportar a los lectores del siglo XXI?”. Quien reseña su obra, piensa que Mañueco se deja llevar por conceptos distintos que nada tienen que ver unos con otros, y piensa también que, simplemente, sin meterse en berenjenales, Cela describe lo que ve, es decir, lo que había, al igual que un libro de viajes de cualquier señorito británico recoge en sus páginas otros aspectos, los que había y los que vio, pongamos por caso en la Andalucía de 1789, cuando los “curiosos impertinentes” hacían su periplo europeo siguiendo la moda burguesa del momento.
Quiero decir, que una cosa nada tiene que ver con otra y que el Viaje… de Cela puede aceptarse o no, pero es lo que había, no hay invento alguno. Hay descripción. Por eso, cuando los chicos del bachillerato leen la obra consideran que es aburridísima “en este libro no pasa nada”. Pero, ¿qué es lo que tiene que pasar? Pasa lo que pasó y eso es lo que quiere Cela que pase, nada y por eso, no obliga a nadie a que lea su obra, esta obra concreta.
Después completa su visión con el “Cela genial” a quien considera el tercer mejor prosista en castellano de todos los tiempos, aunque no sea en los libros de viajes donde esta faceta quede más patente, por lo que el Viaje a la Alcarria no es genial, sino imitable y por eso se le ocurrió escribir este otro Viaje a la Alcarria, a cuyo título añadió la coletilla de “versión XXI”, no para perderse en comentarios sobre lo que ya no existe, sino para dar cuenta de lo eternal de la Alcarria: sus valles, vegas, villas, pueblos, caseríos, sus paisajes, algo de su historia y de su arte, etcétera, algo, en líneas generales que viene a caer en lo que antes criticó, en dejar huella de lo que, simplemente, se ve, aquello que, cuando su libro sea leído dentro de un siglo o mucho menos, será a su vez comentado y podrán oírse comentarios en voz alta tal vez como los que siguen: “¿Hay que ver qué cosas escribía el tal Mañueco este? Porque si os dais cuenta no dice nada de su cosecha propia y sí de lo que anotó en su libreta, acerca de una Guadalajara inexistente, pasada, muerta, olvidada”. Es el ciclo de la existencia llevado a la Literatura.
Mañueco comenzó a escribir su versión XXI el 28 de abril y, a mediados de junio estaba ya lista para su publicación. Evidentemente aparece en ella una Alcarria tecnológica y contemporánea. Es decir, en el momento en que nos encontramos. ¿Su contenido? Dos viajes literarios en un mismo libro; uno en prosa, otro en prosa y verso, que se completan con los pueblos de las alcarrias de Cuenca y Madrid. Y dos novelas breves intercaladas: La novela de Tórtola de Henares y La novela de Torija, en las que sí se recogen algunos diálogos de los ya pasados años 50 y 80.
El Viaje a Brihuega y las primeras cincuenta castellanas es una continuación exacta de la primera parte del libro: comienza físicamente en la hora y el lugar donde concluyó: en un bosque entre Fuentes de la Alcarria, Trijueque y Brihuega donde, camuflados los protagonistas y Alcarriante, contando con la ayuda de un dron para llevar a cabo un experimento científico cuyo alcance todavía no han podido evaluar. Después de la villa de “los andaluces de la Alcarria” siguen camino hasta Villaviciosa de Tajuña (aquí se rompe con el Viaje… celiano), pensando en ir hacia donde ya se verá, cuando la novela que ahora se abre conozca su tercera parte, por lo que Mañueco pide al lector de la obra que comentamos que, de momento, tendrá que conformarse con ver lo que les acaece a Pedro Bernardo Castillo Pastor-Palencia y al escribidor cuando llegan a Brihuega tras contactar con sus habitantes, representados por Manuel Torija Martínez, y que servirá para ponerle en antecedentes de los que muchos sucesos que todavía están por llegar. En el último capítulo mezcla la prosa y el verso, como ya se dijo, puesto que Alcarriante sorprende con ello a sus compañeros de gira. El verso consiste en una composición denominada “castellana”, inéditas y cuyo empleo se puso de manifiesto en un libro digital titulado Saetas a las Semanas Santas de España. Alguna de estas “castellanas” va encabezada por “aria” según se hizo en Donde el Mundo se llama Guadalajara (2015), indicando con ello que son las de lectura recomendada por su autor.
Sea por tanto bien recibida esta nueva entrega, este nuevo Viaje… de Juan Pablo Mañueco, que tantas cosas buenas está aportando a la literatura de Guadalajara y queden atrás las discusiones literarias previas, que a casi nada conducen.


sábado, 4 de febrero de 2017

Cela y Bernal, en la Alcarria.

VV. AA. Fotografías. Santiago Bernal. La cámara de Bernal tras la huella de Cela en la Alcarria, -1972-, Guadalajara, Excma. Diputación Provincial de Guadalajara. Servicio de Cultura, 2016, 85 pp. [Sin ISBN]. Catálogo.

Quien esto escribe se llena de satisfacción ante estos gratos recuerdos, puesto que fue uno de aquellos que aquellos viajeros, contertulios o como quiera decirse, que acompañaron a C.J.C. en su primer viaje conmemorativo a la Alcarria, al cumplirse los veinticinco años, es decir, el XXV Aniversario, de la edición de Viaje a la Alcarria.
El viaje que comentamos fue alegre y divertido y no debe confundirse, como con frecuencia viene sucediendo, con ese otro viaje que también recordamos, gracias, en parte, a la famosa “choferesa” negra Viviana Gordon, capitana a bordo de esa extraordinaria nave de cuatro ruedas que fue el Rolls Royce utilizado por Cela en su recorrido, que tanto llamaba la atención de las gentes de los pueblos por los que pasó.
El viaje de 1972, organizado por la sin par Institución Provincial de Cultura “Marqués de Santillana”, dependiente de la Diputación Provincial de Guadalajara (y también dejada morir por ella para su desgracia), sirvió a nuestro fotógrafo, a Santiago Bernal para llevar a cabo un amplio reportaje, resultado del cual son las fotografías que se recogen en este sencillo catálogo, algunas de las cuales han permanecido hasta ahora inéditas y que dan a conocer aspectos muy variados de la forma de vivir en los pueblos y por las gentes que entonces habitaban la Guadalajara celiana de aquellos años setenta.
Un viaje cuyo recuerdo quedó plasmado en todos y cada uno de los lugares más emblemáticos de su recorrido, que se adaptaba al primero y original libro, gracias a unas bellas placas cerámicas -realizadas en Alcalá de Henares, por Chacón, ya que en Guadalajara nadie tenía entonces un taller adecuado para su factura- y que en la actualidad han desaparecido en su mayoría por la falta de educación.
El caso es que la colección fotográfica de Bernal no se dio a conocer en su totalidad y ha sido ahora, en 2016, aprovechando la oportunidad, cuando felizmente se ha dado a conocer aquel resto adormilado en el archivo de Bernal, a través de una exposición que tuvo lugar entre la multitud de actos que se llevaron a cabo a la hora de recordar la celebración de este último viaje, del que el trabajo que comentamos es el catálogo.
Aparte de la colección fotográfica, el catálogo incluye dos textos de gran interés para conocer a fondo el viaje celiano de 1972, que es el que verdaderamente sirvió a Bernal para recoger los aspectos más llamativos, tanto de la gente, como del propio escritor. El primero, que está firmado por la pluma del Cronista Provincial de Guadalajara, Antonio Herrera Casado, lleva por título “Memoria de un viaje a la Alcarria con Cela y Bernal” fue publicado a modo de crónica en el semanario Nueva Alcarria, durante el citado mes de Octubre.
El segundo -“Vivencias y anécdotas que vuelven a mi memoria viendo los negativos de aquel día”-, debido al propio Santiago Bernal, sirve de entrada o pórtico -prólogo- a su presente álbum fotográfico.
Pero regresemos al primero, cuyos actos fueron cobrando forma durante los días 6 y 7, viernes y sábado, aunque, con anterioridad las gentes de la cultura de entonces -gente seria y preocupada por Guadalajara- (que Herrera Casado menciona con especial cariño, a la que también nos sumamos: Ángel Montero Herreros, Manuel Revuelta Barco, Miguel Lezcano Quílez, José Antonio Suárez de Puga Sánchez “Josepe”, Manuel Rodríguez Villasante, Luis Rodrigo Arribas, José María Alonso Gamo, etc.), se preocuparon de otros menesteres: organización de la cena, conferencias, el viaje por la provincia y la realización y colocación de las placas cerámicas antes mencionadas, además del encuentro con el autor, al que hubo que traer desde Palma de Mallorca, donde tenía su residencia en la Bona Nova (ya que Cela era buen gallego y, además, lo ejercía).
Aquel viaje lo hizo Herrera como acompañante de la comitiva oficial, por así decir, pero por su propia cuenta en un flamante Seat 600, nuevo, color naranja. Otros también íbamos por libre: Andrés de Aberasturi, que entonces comenzaba sus pasos periodísticos en el diario Pueblo y colaboraba, aquí en Guadalajara, en la Revista Informativa Guadalajara que coordinaban a la limón Pedro Lahorascara y Pérez de Almenara; además nos juntamos con Jesús Campoamor, Dámaso Santos, Ángel Molleda, -el fotógrafo no el dibujante-, Javier Sanz Boixareu y Alfredo Villaverde, que recuerde y, por supuesto, Santiago Bernal, a la sazón Presidente de la Agrupación Fotográfica de Guadalajara, que viajaba como fotógrafo oficial, de lo que se cansó al poco tiempo, teniendo que seguir el periplo por su cuenta y riesgo, lo mejor que pudo. En algunos pueblos se iba agregando alguna que otra persona representativa de la Cultura, entre ellas Francisco Cortijo Ayuso, médico de Pastrana y personaje vivo del libro…
Antes se había celebrado un acto literario en el palacio de la Diputación, presidida entonces por Mariano Colmenar Huerta, que corrió a cargo de Pedro Laín Entralgo: “Carta de un pedantón a un vagabundo por tierras de España”, que constituyó un éxito total como así se puso de manifiesto en la prensa.
El día siguiente, el 7, fue dedicado al viaje que siguió los mismos pasos que el viajero había caminado un cuarto de siglo antes. Cela parecía feliz al llegar al parador de Torija, donde se descubrió la primera placa. Allí, en el parador, subió a la habitación donde había dormido y allí lo fotografió Bernal junto a la cama, con sus dueños ya no tan jóvenes como antaño. El recorrido siguió por Brihuega, Cifuentes, Gárgoles -donde quien esto escribe leyó el capítulo correspondiente-, Trillo (donde Alonso Gamo se vio coronado por un orinal en la cabeza propinado por el propio Cela), Budia, con su antigua cárcel, Pareja, La Puerta, Sacedón, Tendilla, Zorita y Pastrana. En todos estos lugares estuvo Bernal presente con su cámara fotográfica en ristre, aunque, después, gran parte de las fotografías resultantes durmiera en su archivo, como queda dicho.
Pero… gracias a la celebración de este nuevo homenaje, el LXX Aniversario, dichas fotos recobraron vida y salieron de su sueño, puesto que fueron rescatadas para darlas a conocer aprovechando la ocasión y gracias a los desvelos del propio Bernal, Jesús Orea, Paloma Rodríguez y Plácido Ballesteros, entre otros, quienes decidieron editar el libro que tienes en las manos, un libro fotográfico de algo ya olvidado e importante que venía que ni pintado para celebrar la ocasión, que daba a conocer multitud de aspectos hasta entonces desconocidos del Viaje a la Alcarria y que forman eso que podríamos denominar su intramundo, ese se acompaña graciosamente con la sabrosa salsa que son las anécdotas que surgieron a lo largo del recorrido, las tertulias divertidas, los comentarios y los sucesos acaecidos visitando algunas casas de viejos personajes, como la de la señora Nieves Falcón, de Budia, que invitó al escritor a su casa para que viera un libro antiguo, momento que Bernal recogió para la posteridad y que sirve de portada al presente catálogo.
Fotografías que nos recuerdan aquella Guadalajara rústica, de pana, con olor a pan recién hecho y a matanza. Imágenes rancias de tiempos pasados, de paisajes, pueblos y gentes que ya no están entre nosotros y que dieron a la provincia de Guadalajara sus vidas y todo lo que fueron, hasta que llegó la maldita emigración a tierras más fértiles, donde vivir mejor.
Sigue el catálogo de la exposición (páginas 17-77) y finaliza con “Santiago Bernal, fotógrafo amateur en el más amplio sentido”, que viene a ser una especie de currículo de su opera fotográfica.