sábado, 18 de marzo de 2017

Más escudos en Molina de Aragón


HERRERA CASADO, Antonio, Heráldica molinesa, Guadalajara, Aache Eds. (col. Tierra de Guadalajara, 99), 2016, 109 pp.

Apunta Herrera Casado en la Presentación del libro que comentamos que ya en 1985 realizó numerosos viajes a lo largo de la provincia de Guadalajara, deteniéndose preferentemente en la recogida de datos acerca de sus obras de arte más llamativas. Aquel “material” sirvió para llevar a cabo una serie de estudios que dieron forma a lo que hoy conocemos como ArchivoHeráldico de Guadalajara, a través de los que se dieron a conocer gran cantidad de datos recogidos en de Catálogo de los Escudos de Guadalajara, que tanta importancia tienen gracias a las imágenes y descripciones que contienen.
La tercera entrega de aquellos archivos se dedicó en su totalidad a la heráldica conservada -entonces- en los pueblos del Señorío de Molina, repartida en sus casonas, templos y otros elementos.
Una heráldica ciertamente especial, muy diferente a la de otros pueblos del resto de la provincia, debido a unas características históricas y geográficas surgidas tras constituirse en terreno independiente de Aragón y Castilla, donde las repoblaciones fueron frecuentes y en su mayor parte procedentes de distintos lugares del País Vasco y Navarra, de donde  también procedían numerosos hidalgos cuyos blasones fueron encastados en los muros de sus casonas y en otras obras que se realizaron gracias a su ayuda y patrocinio económico, puesto que se trataba de gentes acaudaladas, como propietarios de importantes rebaños de ganado y, en otros casos, a ser ricos propietarios de empresas que con el paso del tiempo fueron alcanzando mayor desarrollo.
En el libro que comentamos se llevan a cabo los estudios de los escudos de armas de los pueblos de Molina deAragón y de su Señorío, al tiempo que se revisan los utilizados por sus primeros señores, los de Lara, -de los que han llegado hasta nuestros días algunos sellos plúmbeos, así como algunas descripciones de sus emblemas-, finalizando con un extenso catálogo, a modo conjunto de fichas, de los escudos actualmente existentes en la ciudad de Molina, además de algunos otros que todavía pueden  pueden verse empotrados en los muros de numerosos edificios de pueblos del Señorío, que tal vez sirvan como materia prima de cara a otros estudios, más amplios y completos, sobre este mismo tema.
El modelo de ficha que se emplea en el presente trabajo es bastante amplio y sirve para que el lector adquiera un conocimiento claro de la pieza que se analiza en cada momento, que son sesenta.
Veamos un ejemplo:
42.- Molina de Aragón. Titular.- Fernando Valdés y Tamón, Virrey de Filipinas. Escudo.- Valdés y otros. Localización.- Palacio del Virrey de Manila, en la calle Quiñones. Material.- Piedra. Fecha.- Segunda mitad del siglo XVIII. Descripción y blasonado.
Como vimos antes, el libro comienza con una serie de apuntes históricos que abarcan desde el mundo celtibérico hasta la actualidad, centrándose principalmente en la Romanización y en la Edad Media, y detenerse con mayor minuciosidad con los empleados por la saga de los Condes de Molina, la familia de los Lara, cuyo primer señor fue don Manrique o Amalrico, destacado cortesano de la Castilla durante el reinado de doña Urraca y posterior de su hijo Alfonso VII, -en el que desempeñó el cargo de alférez real y obtuvo las tenencias y alcaidías de Atienza, Toledo, Almería, etc., teniendo bajo su cuidado al niño Alfonso VIII, futuro rey de Castilla y que duró hasta el declive de su línea sucesoria, ya en el siglo XIII, en que dicha saga fue incorporada a la Corona-.
En lo que se refiere al escudo de la ciudad, hay que partir del siglo XII fecha en que gozaba de un emblema propio, derivado de su nombre, tal y como recogen los primeros cronistas, y que los Comuneros de Castilla situaron en una parte de la muralla de Cuenca; así Sánchez Portocarrero en su Historia del Señorío de Molina.
Poco después, en lugar de escudo pétreo, utilizó un sello en cuyo anverso figura una rueda de molino y las palabras: “+ SIGILLUM CONCILII : M… E” y en el reverso, una torre o castillo con cuatro almenas, dos ventanas y portal, acompañado de dos leones rampantes y la leyenda “+ T … CON”, que después irán evolucionando como indican Argote de Molina (1588) en su Nobleza de Andalucía y muchos otros.
Estudio semejante se efectúa acerca del escudo del Señorío de Molina, adoptado desde 1222, tras la concordia de Zafra.
Otros apartados se destinan al estudio de los escudos del cabildo eclesiástico y de los Condes de Molina, de gran interés histórico, para continuar con el catálogo de los de Molina y de alguno de sus pueblos: Fuentelsaz, Hinojosa, Ventosa, Milmarcos, El Pobo de Dueñas y Setiles.
Un libro sencillo, utilísimo para conocer con mayor detenimiento parte de la historia molinesa a través de estas piezas que, por desgracia, van desapareciendo paulatinamente debido a derribos de edificios y a su posterior adquisición por manos privadas en lugar de ser custodiadas en museos y colecciones locales y municipales para su mejor conservación.

José Ramón López de los Mozos 

sábado, 11 de marzo de 2017

Memorias en blanco y negro

LÓPEZ-PALACIOS VILLAVERDE, José Antonio y VELASCO PÉREZ, Juan Ramón (textos), Antonio López-Palacios. Fotógrafo y reportero gráfico 1925-1997, Guadalajara, Diputación Provincial de Guadalajara  / Servicio de Cultura / Centro de la Fotografía y la Imagen Histórica de Guadalajara, 2016, 40 pp. (Catálogo de la exposición fotográfica).
Guadalajara ha sido siempre un manantial de buenos fotógrafos y una prueba más ello pudo constatarse a través de la sencilla exposición que, el Servicio de Cultura de la Diputación Provincial de Guadalajara celebró a finales del pasado año, en la Sala Multiusos del Centro San José.
Se trata de la muestra del fotógrafo José Antonio-López Palacios, para los que tuvimos la suerte de conocerlo, simplemente “Palacios”, realizada en base a una selección de obras de su autoría depositadas en el Centro de la Fotografía y la Imagen Histórica de Guadalajara (CEFIHGU).
López-Palacios desempeñó dos veces consecutivas el cargo de Secretario de la Agrupación Fotográfica, todavía joven ya que fue creada en 1956, hace ya poco más de sesenta años, por lo podemos decir de él que se trata de uno de los pioneros de la misma y de este periodo de posguerra.
Sin embargo López-Palacios no fue un fotógrafo artístico en el amplio sentido de la palabra -aunque también hizo sus pinitos siguiendo la huella magistral de Cartier-Bresson, “padre del foto-reportaje”, uno de cuyos fines era conseguir el “instante decisivo”, el momento clave, el hecho que constituye la propia noticia-, sino que abarcaba todas las facetas de la imagen, pero, principalmente, la imagen foto-periodística, como fotógrafo altamente cualificado tanto técnica como profesional al servicio de lo que después se vino en llamar la “fotografía del movimiento” que, dicho sea de paso, convendría estudiar más más detalle por cuanto puede aportar para el mejor conocimiento de la historia de aquellos años en que la censura estaba a la orden del día.
Más adelante realizó numerosos tareas cinematográficas como primer corresponsal de TVE en la provincia de Guadalajara, ya mediados los años sesenta, aunque sin olvidar el aspecto artístico fotográfico de la misma.
Una exposición, la que comento, que quiere recoger los aspectos más significativos de la obra “palaciana” (permítaseme la expresión) que así queda a la vista a través del catálogo que comento: Fotografías para la prensa, cine para TV y muestras artísticas, de creación, para recreo propio y exposiciones breves -como las que entonces se realizaban- y que tanto llamaban la atención de los alcarreños interesados, faltos, casi siempre, de actividades culturales con que ampliar sus conocimientos y agrandar el espíritu.
“Antonio López-Palacios Cienfuegos. Fotógrafo” es el título del artículo que su hijo José Antonio López-Palacios Villaverde escribe para esta ocasión. En él resume la hégira fotográfica de su padre, desde aquellos años cuarenta en que pudo hacerse con una máquina Leica en una tienda de empeños de Madrid. Eran años duros. Con las numerosas fotografías tomadas con esta máquina puede decirse que comienza su quehacer fotográfico, su andadura: tomas instantáneas, como queda dicho, realizadas bajo la influencia de los grandes nombres que entonces hacían furor: fotógrafos de la Agencia Magnum como Capa, Haas y, por encima de todos, Cartier-Bresson, además de otros: Brassaï, Kertész o Ronis, que tanto le admiraban por sus descubrimientos cotidianos, especialmente aquellas “fotografías nocturnas con la única luz que producían las escasas bombillas de las farolas del Paris de la II Guerra Mundial”.
Sabemos por las declaraciones de su hijo que le impresionaba el compromiso con la realidad trágica y la vitalidad de un Capa (no hay que olvidar que López-Palacios se presentó voluntario a la División Azul con destino al frente ruso), que había conocido España como fotógrafo de guerra: “Inmóvil detrás de un tanque, me repetía una cosa que había oído en la guerra de España. Es una cosa muy seria. Es una cosa muy seria, la situación es grave” (R. Capa).
Fue allí precisamente, en Rusia, donde hizo y le hicieron numerosas fotografías que, posteriormente recogió en distintos álbumes, uno de los cuales se expuso en la muestra que comento.
De Haas, que fotografió escenas del rodaje de Tierra de Faraones,  le llamaba la atención los escenarios, las panorámicas, los contrastes de luz y algunas fotos “movidas”, como las de los toros persiguiendo a los toreros.
Pero como ya es sabido quien impactara realmente en López-Palacios fue Henri Cartier-Bresson y su teoría del “instante decisivo”, dado que recuerda su hijo, “de todos los medios de expresión, la fotografía es el único que fija el instante preciso”.
Después vendrá el periodo áureo de la fotografía de López-Palacios, una vez que pudo contar con unas máquinas fotográficas que, entonces y aún hoy, siguen siendo las mejores marcas: Rolleiflex, Pentax Spotmatic, Yashica y la especialísima Hasselblad, todo un lujo en aquellas fechas.
Posteriormente comenzaría su andadura la Agrupación Fotográfica de Guadalajara, -su acta constitucional data del día 7 de marzo de 1956-, en la que permaneció hasta marzo de 1960, aunque siguiera realizando miles de fotografías y presentándose a numerosos concursos, hasta su falleciendo a principios de los noventa.
Precisamente esta atapa de intensa relación con la Agrupación Fotográfica queda suficientemente ilustrada a lo largo del trabajo que se incluye en este mismo catálogo y que lleva por título “Antonio López-Palacios, impulsor de la Agrupación Fotográfica de Guadalajara”, debido a la pluma de su Presidente Juan Ramón Velasco Pérez. Artículo que da paso al “Catálogo”, cuyas fotografías abarcan cronológicamente desde 1952 hasta una colección dedicada a sus perros de caza fechada en 1977.
Un catálogo sencillo en el que se incluyen algunas imágenes de gran interés para el conocimiento de la historia provincial y de la propia ciudad de Guadalajara, como la visita de los entonces príncipes Don Juan Carlos y Doña Sofía (1970), o la asistencia de los Marqueses de Villaverde con sus hijos los Duques de Cádiz a los Festivales Medievales de Hita del año 1974, además de muchas otras de las que hoy no tendríamos conocimiento si no hubiese sido por la labor desinteresada  y generalmente mal pagada de personas como José Antonio López-Palacios Cienfuegos.
José Ramón López de los Mozos

  

sábado, 4 de marzo de 2017

Estudio de un Real Sitio: el de La Isabela

TRALLERO SANZ, Antonio, MAZA VÁZQUEZ, Francisco, CIDONCHA MARAÑÓN, Andrés, NÚÑEZ PÉREZ, David Juan, RUIZ CASTILLO, Javier y SANCHO OLÓLIZ, Ana Pilar, La Isabela. Balneario, Real Sitio, Palacio y Nueva Población, Guadalajara, Aache Ediciones (col. Tierra de Guadalajara, 94), 2015, 203 pp. [ISBN: 978-84-15537-88-5].

Antonio Trallero, Doctor Arquitecto por la Universidad Politécnica de Madrid, especialista en Urbanismo y Francisco Maza, Doctor en Cartografía, SIG y Teledetección por la Universidad de Alcalá e Ingeniero en Geodesia y Cartografía por la misma universidad, han dirigido esta obra que, como todas las que hasta el momento han realizado, constituyen un buen ejemplo acerca del conocimiento de algunos aspectos sobre los más diversos edificios, obras y, en general, de numerosas manifestaciones del patrimonio arquitectónico edificado que, en el caso que ahora nos ocupa, trata del balneario de La Isabela, dado que, por razones obvias, Guadalajara y su provincia se convirtieron en un excelente laboratorio.
El libro que comentamos es el Trabajo Fin de Carrera, propuesto por la larga serie de alumnos que, junto al dúo Trallero / Maza, lo firman, dado que el balneario de La Isabela había alcanzado gran preponderancia cuando recibió la consideración de Real Sitio, aunque en aquellos momentos ya estuviera cubierto en algunas partes por las aguas del embalse de Buendía que, en ocasiones propicias -dada la sequía reinante-, solía dejar sus restos al descubierto facilitando su estudio detallado.
La realización del trabajo comenzó el año 2005 y, poco después, en octubre de aquel mismo año, el grupo conoció in situ el lugar, decidiendo llevar a cabo su estudio urbanístico, arquitectónico, topográfico y constructivo, aparte de manejar previamente la escasa documentación y bibliografía existente. Para ello, lo primero que hicieron fue realizar un levantamiento lo más exacto posible de todo lo conservado, que sirviera de base para el posterior estudio, antes de que su memoria desapareciera. El resultado fue el trabajo denominado “Real Sitio de la Isabela y Baños de Sacedón”, que fue completado con un segundo trabajo: “Nuevas aportaciones al Real Sitio de La Isabela”, que recibieron la máxima calificación académica de Matrícula de Honor.
Pues bien, el presente libro surge tras tomar como punto de partida los dos trabajos precitados, cuyo fin no es otro que recuperar la “memoria” de este “Real Sitio”, mediante su más amplio estudio.
La obra que comentamos, no muy extensa, se divide en cinco capítulos y comienza por una introducción histórica que da a conocer sus orígenes: un manantial cuyas aguas se descubrieron aptas para luchar contra varias enfermedades y que, por tal motivo, atrajeron a los “bañistas” en los diferentes periodos históricos, entre los cuales se encontraba la Familia Real, que contribuyó a que mediante la edificación de un palacete, se creara a su alrededor un nueva población que recibió la categoría de Real Sitio, de modo que cada una de las unidades citadas, el balneario, el palacio y la nueva población, fueran conocidas en conjunto como La Isabela, en recuerdo de Isabel de Braganza, esposa de Fernando VII y que, a pesar de estar íntimamente relacionados sufrieron su propia evolución, aunque la historia del balneario se sumerja en la antigüedad y las otras dos tuvieran su origen a comienzos del siglo XIX, pudiendo apreciarse en ellas la evolución histórica del citado periodo: el regreso del rey tras la Guerra de la Independencia (1808-1814), el Trienio Liberal (1820-1823), las Guerras Carlistas (1833-1843), el reinado de Isabel II (1843-1868), las sucesivas desamortizaciones, etc., con lo que llevaban aparejado en cuanto a economía y sociedad se refiere.
Como ya hemos dicho, lo primero fue el manantial, ubicado a unos ocho kilómetros de Sacedón y, al parecer, utilizado ya por los romanos (aunque no se conozcan fuentes documentales que lo prueben), en el que se formaban unos “glóbulos que suben a la superficie como si fuera una olla hirviendo”. Se trataría, en fin, de un manadero exterior a los espacios habitados, acaso relacionado con alguna divinidad acuática o de los bosques.
Poco puede añadirse del periodo visigótico y, algo más, del musulmán, dado que se conocen algunos datos acerca de los baños de Sacedón, Salam-bir, gracias a los escritos de Agmer-Ben-Ab Dala, médico de Toledo, aunque no se hayan encontrado las edificaciones del momento. La Edad Media significó un retroceso, aunque los balnearios exteriores a las poblaciones siguieron utilizándose por las órdenes religiosas en sus hospitales y albergues. Así, en las proximidades de Sacedón se encontraba el monasterio cisterciense de Nuestra Señora de Monsalud (en Córcoles), cuyos devotos parece ser que buscaban la recuperación de sus enfermedades en las aguas termales de la zona: Sacedón, Mantiel, Trillo, Córcoles y Buendía.
Poco más tarde el Renacimiento volvió a ser un periodo que supuso la recuperación de numerosos manaderos de aguas minero-medicinales que, agracias al desarrollo de la imprenta, contribuyó a difundir los últimos conocimientos en Hidrología Científica (siglos XV y XVI). Precisamente sobre esta época, según cuenta la tradición popular, un pastor llamado Pedro Vengala redescubrió el manantial después de que su  rebaño se curara al beber agua, periodo que duró hasta el siglo XX.
Por otro lado, las construcciones existentes -si es que las hubo- debieron ser efímeras al ser de baja calidad ya que lo más probable fuera que los enfermos, al no ixistir posadas ni paradores donde permanecer, las ocuparan temporalmente.
En 1697, Alfonso Limón Montero escribió su obra titulada “El espejo cristalino de las aguas de España” con la que comienza, por así decir, el termalismo en España, aunque, en realidad, tardase en ver la luz casi veinte años, ya en plena Ilustración, en que las ideas higienistas y especialmente el cuidado de las aguas termales propició la construcción de balnearios con fines terapéuticos. Por ejemplo, en la potenciación del de Trillo participó Carlos III llevando aparatos adecuados para el análisis de sus aguas, completándose su estudio en Madrid, y cuyas conclusiones fueron recogidas en un libro titulado “Análisis de las aguas minerales y termales de Sacedón, que se hizo cuando pasó a tomarlas el Serenísimo Sr. Infante D. Antonio, en el mes de julio y agosto de 1800, con toda su servidumbre”.
El mismo infante promovió la construcción de un edificio en el que pudiera alojarse la Familia Real, encargándole su proyecto al arquitecto Antonio López Aguado, aunque acompañando a su tío Fernando VII, muy aficionado a  los baños de Sacedón y Solán de Cabras, y siguiendo la propuesta de su segunda esposa Mª. Isabel de Braganza, suspendió las obras que había iniciado su sobrino, concibiendo un proyecto más amplio en el que se incluía la fundación de una población en el lugar denominado Dehesa de las Pozas -mediante Real Orden de 15 de marzo de 1817-, un palacio y la reparación de la casa de baños, es decir, transformando el antiguo balneario en el importante complejo urbanístico que fue “La Isabela”.
Tras Fernando VII, con la llegada del periodo isabelino y del Sexenio Democrático, las estancias de la Familia Real fueron espaciándose, puesto que comenzó a tomar baños de sal, para lo que tuvo que desplazarse a la costa: San Sebastián, Santander…
Carlistas y Liberales contribuyeron a destruir La Isabela, además de las grandes dificultades de tipo económico, caras para la utilidad que reportaban los baños, a lo que habría que añadir el mal estado de los caminos, propiciaron que la corona enajenara el Real Sitio en 1865 y que poco más tarde, las sucesivas desamortizaciones hicieran que pudiera pasar pertenecer a manos particulares, generalmente burgueses, que intentaron obtener mejores beneficios invirtiendo en mejores baños y componiendo los caminos. El caso es que en 1871 se tasó La Isabela con sus bienes para subastarlos (excepto las casas de los colonos). En 1876 se vendió el balneario, el palacio con su huerta y un almendral se liquidó en 1879 y las casas de dependencias de la nueva población este mismo año.
Precisamente gracias al “Informe de la Tasación” es posible conocer en la actualidad el estado en que se encontraba el conjunto de La Isabela, al parecer bastante ruinoso.
Los años de la Restauración sirvieron para que surgiese lo que podríamos llamar cierto “turismo termal”, que supuso un nuevo impulso para los baños, gracias, quizá, a un nuevo tipo de clientela que buscaba también divertirse en casinos, salas de baile, teatros, pabellones en los jardines, etc., lo que hizo que a finales de siglo se editasen diversas guías de los establecimientos balnearios de España que, en 1897, se refieren a La Isabela como establecimiento en el que se habían llevado a cabo diversas reformas haciendo aceptables sus instalaciones, aunque no se trata de un informe favorable, ni su valoración correspondería a lo que antaño había sido el Real Sitio, dado su planteamiento urbanístico y arquitectónico.
Pero como “a toda acción se opone una reacción igual y de signo contrario”, el siguiente periodo, es decir, hasta la Guerra Civil, tuvo como consecuencia una bajada casi total de asistencias a los baños, entre otras causas debida por una parte al desastre del 98, por otra a la Dictadura de Primo de Rivera y, más concretamente, al cambio político que significó el paso de Monarquía a República, además de la inestabilidad que produjo la crisis económica del momento con la consiguiente bajada del nivel de vida, y la aplicación de nuevas medicinas que dejaban obsoletos los baños, todo lo cual contribuyó a que en 1930, el marqués Vega-Inclán adquiriese el balneario, dado que desde su puesto de Comisario Regio de la Comisaría de Turismo y Cultura Popular ya se había preocupado por la recuperación y divulgación de la cultura española. Tras el fallecimiento del marqués, La Isabela pasó a la Fundación Vega-Inclán, dependiente del Ministerio de Educación, hasta que durante la Guerra del 36-39 fue convertido en cuartel, con lo que finalizó su vida como establecimiento termal. Habían transcurrido solamente 150 años.
Los siguientes capítulos: “Los restos de La Isabela. Toma de datos”; las descripciones del balneario, el Real Sitio, los jardines, la nueva población y de otros edificios; el estudio constructivo, incluyendo la arquitectura no construida, así como los arquitectos que en él trabajaron, desde el antes citado Antonio López Aguado, hasta Narciso Pascual Colomer, pasando por Silvestre Pérez, Isidro González Velázquez y Custodio Teodoro Moreno, contribuyen en definitiva a ofrecer una amplia visión de lo que fueron, en general, este tipo de establecimientos. 
Finaliza el libro con una brevísima bibliografía especializada y un anexo acerca de las subastas de las fincas.

José Ramón López de los Mozos 




 
    




sábado, 25 de febrero de 2017

Cervantes y Shakespeare, fuera del Tiempo

VV. AA. ATEMPORA. Cervantes 1616 – 2016 Shakespeare, Toledo, Fundación Impulsa / Obispado de Sigüenza-Guadalajara, 2016, 467 pp. (Editado con motivo de la exposición del mismo nombre celebrada en la Catedral de Sigüenza entre el 8 de junio y el 16 de octubre de 2016. [ISBN: 978-84-7788-666-2].

El volumen que hoy presentamos, que no es otro que el catálogo de la exposición Atempora celebrada en la catedral de Sigüenza a finales del pasado año, comienza con dos escritos.
El primero de ellos se debe a la pluma del Obispo de Sigüenza-Guadalajara, Atilano Rodríguez Martínez y es un sencillo agradecimiento a quienes han colaborado en el montaje de tan grandiosa exposición, en la que las obras de arte religioso cumplen la doble finalidad para la que fueron creadas, puesto que hablan de la necesidad del hombre de “dar tributo y gloria a Dios a través de la calidad de los mejores materiales y el esplendor de sus expresiones artísticas”, que “transmiten de forma pedagógica y adecuada, a la vez que amable desde su belleza intrínseca, el Evangelio que traducen en imágenes” y, en segundo lugar, unas palabras del Presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García Page, mediante las que se refiere a las obras expuestas, de las que lleva a cabo un análisis pormenorizado de los años en los que vivieron Cervantes y Shakespeare. En fin, un total de más de 300 piezas pertenecientes a 33 entidades públicas y privadas, dadas a conocer en las diferentes pandas del claustro y el interior de la propia catedral.

Tras este a modo de presentación doble, continúan los textos, comenzando por el correspondiente a Alfonso Caballero Klink, Comisario de la exposición, que explica brevemente cada uno de los apartados en que se ha dividido la muestra.

Dentro del contexto civil, “El poder y su imagen”, dedicado a los monarcas españoles de la época, Carlos I y los Felipes II y III; “Negro sobre blanco”, a los libros y documentos, exponiéndose más de una docena de primeras ediciones de obras de Garcilaso de la Vega, Lope de Vega, Francisco de Vitoria, Luis de Góngora, Juan Boscán, Fray Luis de León, Santa Teresa y Miguel de Cervantes (la primera edición del Quijote, de Lisboa y 1605); “La Botica de San Mateo”, cuyo botamen, talaverano, perteneció desde su fundación en el siglo XVII (1664) al destruido Hospital del mismo nombre; el cuarto espacio es el denominado “Tapicerías” y en él se da a conocer una maravillosa colección de ocho paños flamencos, recientemente restaurados, que muestran las alegorías de Palas Atenea, a las que acompaña, por así decir, otro apartado, menor en espacio, que no en calidad, dedicado a parte de la obra del Greco: “Doménikos”, en el que se muestra el óleo de la Encarnación y cuatro obras más: El Salvador y tres apóstoles que formaron parte del llamado “apostolado” de Almadrones. “Cervantes, soldado del rey de España”, muestra la faceta militar del escritor y los principales hechos de armas del momento, especialmente la Batalla de Lepanto. Aquí se expone la bandera arrebatada a Drake y otra más, portuguesa, recién restauradas para la ocasión, a las que acompaña del “Pendón de Lepanto”, espacio este que continua con el dedicado a “La vida cotidiana en la España de Cervantes”, en el que se muestran muebles de la época, instrumentos musicales, platería, cerámica, pinturas, etc., que se complementa más con “El gabinete del escritor”.

Ya en el contexto religioso y siguiendo el itinerario interpretativo, la exposición comienza con “In principio creavir Deus caelum et terram”, donde se dan a conocer unos óleos sobre cobre del no excesivamente conocido Frans Franken II, en los que se va recorriendo el Antiguo Testamento; la Sacristía “de las Cabezas” sirve de caja, urna o receptáculo de una amplia muestra de orfebrería constituida por más de una veintena de obras tales como cruces procesionales y parroquiales, custodias, cálices, navetas, crismeras, ostensorios, etc., que dan idea de la importancia que esta rama artística adquirió en la diócesis seguntina. Lleva por título “Fieles a San Eloy”.

En olor a santidad” muestra una breve colección de relicarios de pequeño tamaño realizados en marfil y otros materiales nobles.

Parte de la girola se dedicó a los “Intercesores”, cinco altares cuyas obras “dialogan” con otras para mostrar la historia y el arte diocesanos a través de distintos lugares emparentados con las principales órdenes monásticas de la época: franciscanos, dominicos, jerónimos y carmelitas. En ella puede contemplarse un Crucificado de Luis Tristán, que sirve de introducción a la visita interior de la capilla del Doncel.

Memento” expone el catafalco funerario de la princesa de Éboli, procedente de la Colegiata de Pastrana, para, después, en la nave de la Epístola, poder disfrutar de algunas piezas emblemáticas gracias a la iconografía que sucede a la Crucifixión, es decir, el Descendimiento, la Piedad y Pentecostés, con obras de Luis de Morales -“el Divino Morales”-, Juan Manuel Theotocópuli (hijo del Greco), Luis de Carvajal y Julio César Sémini, además de un hermoso Cristo Resucitado debido a Juan Correa de Vivar, que completa el recorrido con el apartado titulado “Gloria”.

Después, una serie de trabajos de variable extensión, sirve de preparación al catálogo de obras propiamente dicho.

Dichos trabajos son los siguientes: Jesús de las Heras Muela, “Un bajel en Castilla, una fortaleza en la meseta, una catedral para descubrir y redescubrir”, (pp. 23-33); José Manuel Lucía Megías, “Miguel de Cervantes; una biografía en construcción”, (pp. 35-51); José Manuel González, “Cervantes-Shakespeare (1616-2016) excelencia literaria compartida”, (pp. 53-67); Elisa Romero Fernández-Huidobro, “La universalidad de un mito y del hombre que lo crea”, (pp. 69-81); Francisco-Javier Ramos Gómez, “El arte en Sigüenza durante la época de Cervantes (1550-1625)”, (pp. 83-99); Lidia Santalices, “Restauración de las banderas de la catedral de Sigüenza”, (pp. 101-113), y Consolación González Casarrubios, “La vida cotidiana en tiempos de Cervantes”, (pp. 115-127), entrando, como se ha dicho, en el propio Catálogo, donde puede apreciarse la buena calidad de las fotografías a color que contiene y cuyos apartados van firmados debidamente (mediante las iniciales de sus autores) y abarca las páginas 129 a 465, y finalizar con el apartado de agradecimientos personales e institucionales.