sábado, 10 de diciembre de 2016

Un crimen por todo lo alto

GISMERA VELASCO, Tomás, Tierzo: El crimen de La Malquerida, El Autor / Great Britain by Amazon, 2016, 52 pp. [ISBN: 978-1530473212].

Tomás Gismera presenta en esta ocasión otro librito de su colección Guadalajara, crónica parda, dedicado en esta ocasión a dar a conocer uno de los crímenes más sonados de cuantos se perpetraron en la Guadalajara de comienzos de 1915, quizá por haberse comparado con el tema de La Malquerida.
En día 11 de enero de dicho año el pueblo de Tierzo, situado en el Señorío de Molina, se despertó sorprendido por un hecho que cambió temporalmente su tranquilidad social. Se trataba de un crimen que parecía enteramente copiado de la obra teatral mencionada, que por aquellas fechas triunfaba en los escenarios madrileños.
Se trataba del hallazgo del cadáver de un hombre, probablemente asesinado, cuyos restos ya habían comenzado a ser devorados por las alimañas. La noticia, breve y concisa, decía:

“Comunican de Molina de Aragón que en el término de Tierzo ha sido encontrado el cadáver de Francisco Vicente Pinilla, que tenía cinco heridas de arma blanca.
El juzgado de Molina salió inmediatamente hacia el lugar del suceso, con objeto de instruir el correspondiente sumario”.

La casualidad y determinados titulares de prensa contribuyeron a que dicho asesinato fuese relacionado con La Malquerida, escrita años antes, en 1909, y estrenada un año antes del crimen que comentamos. Además, para más casualidades, el día 11 de enero de 1915, fecha en la que sucedieron los hechos, La Malquerida abandonaba los escenarios madrileños para emprender una gira por diversas provincias españolas, de modo que la obra pasó a representarse en Barcelona, contando con Margarita Xirgú en el papel principal.
En aquel momento Europa se desangraba en la cruel Primera Guerra Mundial.

Pero antes de seguir hablando de La Malquerida conozcamos su argumento, más bien sencillo y sin demasiadas complicaciones, como solía suceder con las obras de teatro de aquellas fechas: Doña Raimunda y su hija Acacia viven en una finca apartada. Al quedar viuda la madre, contrae nuevo matrimonio con Esteban, que es denostado públicamente por Acacia, dado que entre ellos había nacido entre un profundo amor que deseaban mantener a escondidas. El nudo gordiano viene cuando Esteban, llevado por los celos, comienza a deshacerse de los pretendientes de Acacia, a quien desde entonces comienzan a llamar La Malquerida. Años más tarde la obra sería llevada al cine.
El día del asesinato de Tierzo fue dedicado por Alfonso XIII a cazar en la Casa de Campo, donde almorzó con sus invitados y la familia real en la Casa de Vacas. Fue la noche en que La Argentinita debutó con sus bailes en el teatro Apolo… pero lejos de aquel mundo quedaba Guadalajara, con sus vecinos afectados en el intestino debido a la mala calidad de las aguas, cuando llegó la noticia del crimen de Tierzo, de la que una pequeña nota en la prensa de media España daba cuenta de lo sucedido, añadiendo numerosos detalles, escabrosos en su mayor parte, del hallazgo:
“En Tierzo,  pueblo del partido de Molina (Guadalajara), fue descubierto el cadáver de un hombre horriblemente mutilado; apenas podía ser reconocido pues las aves carniceras habían destrozado las partes blandas del cuello, los ojos y la lengua de aquel infeliz. Al descubrimiento del cadáver contribuyó la circunstancia de que el cura y el juez municipal recibieron unos anónimos en los que se decía que en La Barranquera había un cadáver”.
A pesar de todo no tardó en ser reconocido como Francisco Vicente Pinilla, mayor de edad, casado…
Sigue una serie de protagonistas: Consuelo Miñana Galindo, que estuvo casada con la víctima y fue principal inductora del crimen y era hija de Manuela Galindo, a la que se le atribuían relaciones amorosas con su padrastro, Miguel Aznar, casado con su madre Manuela.
Miguel Aznar, padrastro de Consuelo Miñana y su amante.
Manuela Galindo, quien a juicio de la prensa, padecía debilidad mental y escaso desarrollo intelectual, esposa de Miguel Aznar y suegra de Francisco Vicente Pinilla.
Mariano López Martínez, alias El Chinche y Máximo de la Mata Pasamón, alias El Esquilador, encargados del asesinato.
Mariano Sánchez Parrilla, encargado de deshacerse del cadáver.

El crimen atrajo la atención popular: un marido despechado, unos asesinos a sueldo, una mujer que engañaba a su marido… además de las circunstancias en que fue encontrado el cadáver, que conducían a pensar en cualquier cosa, dado que la víctima poseía un buen capital (lo que en un principio indujo a que el motivo fuese el robo). Sin embargo la mujer de Francisco Vicente Pinilla, parecía estar muy alegre tras el asesinato de su marido, como si se hubiese quitado un peso de encima. También llamó la atención el que el cura y el juez recibiesen sendos anónimos en los que se indicaba el lugar donde había un cadáver: La Barranquera, un lugar inhóspito al que costaba llegar y más aún en los días en que el tiempo era inclemente: lluvia, nieve y mucho frío, por lo que se pensó que el crimen había tenido lugar en otra parte.

Poco después, miembros de la Guardia Civil y del Juzgado sonsacaron a Consuelo Miñana y a su padrastro la trama de lo sucedido, además, la casa de Consuelo y del difunto ofreció algunos datos que no pasaron desapercibidos a los inspectores: algunas manchas, al parecer de sangre, en las paredes; el hallazgo de una pistola que el difunto solía llevar en sus viajes; las ropas de abrigo, que nunca se olvidan cuando se sale de viaje en invierno; las mulas en la cuadra… Un crimen en el que no se había considerado que si alguien salía de viaje necesitaría alguna mula y que por lo general se hacía llevando dinero, por lo que no se olvidaría la pistola.

El caso es que para llevar a cabo el asesinato ofrecieron dinero, siete mil pesetas, a un esquilador de mulas que ocasionalmente pasaba por el lugar, que, además, ejercía de matachín, a quien animaron con dicha cantidad, proporcionándole las armas necesarias para llevar a cabo tan funesto plan. Pero pasaba el tiempo y Mariano no se decidía a ponerlo en práctica, por lo que le asignaron dos compinches, esquiladores también, quienes aceptaron el encargo a cambio de dinero. Después de un intento, pusieron fecha y día al crimen: sería el día 10 y en su propia casa; después ya se desharían del cadáver. Y así fue.

El 26 de junio de 1916 tuvo lugar el juicio que se celebró en la Diputación Provincial de Guadalajara. El caso es que tanto la defensa como la acusación recurrieron al Tribunal Supremo quien dictó sentencia en enero de 1917, confirmando la de la Audiencia de Guadalajara, y elevando la condena de Mariano Sánchez, condenándolo a muerte.

“El fiscal calificó los hechos de “pasión bastarda”, en la que entraron en juego unos amores adulterinos, celos y rencores reprobables que armaron la mano de unos miserables que se vendieron a la plata de la familia Aznar”.

La Sala condenó a Consuelo Miñana, Manuela Galindo, Miguel Aznar, Mariano López y Máximo de la Mata a la pena de muerte, con todas las agravantes posibles: nocturnidad, precio, desprecio, parentesco… Mariano Sánchez Parrilla, acusado de complicidad, fue condenado a diecisiete años, cuatro meses y un día de cárcel. Y, además, entre todos, debían hacer frente al pago de las costas y a satisfacer a los herederos del asesinado una indemnización de ¡50.000 pesetas!

Pero, con motivo de la Adoración de la Cruz, Alfonso XIII, usando de sus prerrogativas propias de Semana Santa, firmó el indulto para los seis encausados, siendo condenados a cadena perpetua.


José Ramón LÓPEZ DE LOS MOZOS

sábado, 3 de diciembre de 2016

Una historia de Uceda

SANZ BUENO, Lupe, Historia de Uceda, La Autora, Madrid, 2016, 302 pp. [ISBN: 978-84-608-5965-9].
Lupe Sanz Bueno es una auténtica enamorada de Uceda, como así lo ha venido demostrando desde hace años a través de la edición de numerosos trabajos sobre los aspectos más variados, especialmente acerca de la Virgen de la Varga, de cuya bibliografía es gran conocedora. Hoy traemos a nuestro Baúl de libros la segunda edición de su libro Uceda: Notas sobre su historia, arte y costumbres (1988), aunque con otro nombre más sencillo -Historia de Uceda- y algo aumentado, sobre todo en los temas etnográficos.
Comienza el libro desentrañando la posible etimología de la palabra Uceda, para la que ofrece varias versiones: celta (aunque más bien podríamos decir celtibero-romana), que la hace similar a Segeda…; musulmana, con significado de `cueva amparo de ladrones´ (quizá pensando en Uzera); latina, como derivada de Vescelia, o tal vez Ucia, citada por Ptolomeo. Además del vocablo `ulex´, quizá más acertado, que significa `brezo´, y un origen geométrico (?), ciertamente disparatado.
Sigue una breve exposición de los distintos aspectos geográficos que la han conformado a lo largo de milenios, y da paso a su historia propiamente dicha, que parte del paleolítico, extendiéndose sobre las cuevas del Reguerillo (en el Pontón de la Oliva) y del Aire, así como en las estaciones musterienses de las proximidades de la ermita de la Virgen de los Olmos, hasta llegar al mundo romano. Una segunda fase histórica trata de los visigodos y los musulmanes (siglos V a X), dedicando un espacio importante al castillo, probablemente islámico en sus orígenes y hoy prácticamente arrasado, que se encontraba ubicado en el borde de una meseta, rodeado por el barranco de la Charcuela, mirando hacia el Jarama. Castillo muy codiciado en la Edad Media y muy estimado por los arzobispos toledanos, que lo recibieron como donación del rey Fernando III. Siguen algunos aspectos históricos correspondientes a la reconquista y posterior repoblación (siglos XI y XII). 
Hasta el momento parece ser que la primera mención de Uceda figura en el Cronicón del Silense y vuelve a aparecer en las crónicas que relatan las conquistas de Alfonso VI en 1085. También aparece, entre otras localidades, en el Cronicón de don Pelayo:
Et cum praedictus Rex milita anima haberet militum, persustravit omnes Civitates & Castelle Sarracenorum, & accepit, dum vixit, constituta tributa eorum per unumquemque annum, & depopulavit, & devastavit, & depraedavit multas Vicitas ipsorum, & vi obsedit Civitates Sarracenorum, & cepit eas, & Castella. Similites cepit Toletum, Talaveram, Sanctam Eulalian, Maqueda, Alfamin, Talamancam, UZEDAM, Guadalfajaram, Fitam, Ribas, Caraquei, Muram, Alarcon, Alvende, Confocram, Ucles, Massatrico, Concham, Almudovar, Alaet, Valeranicam.
Al siglo XII pertenecen los restos románicos de la iglesia de Nuestra Señora de la Varga (que es tanto como decir `cueva´ o `balma´), una de las tres que existieron antiguamente. La fecha de su existencia se conoce gracias a un documento transcrito por el P. Fita en su libro Madrid desde 1203 a 1227, sobre la venta que de una posesión en Carrascosa hizo Rodrigo Díaz a Juan, abad del monasterio de Bonaval, cuya escritura se hizo ante la puerta de Santa María de Uceda (1204), aunque, según otros autores, el documento aluda tal vez a otra iglesia de la misma advocación, anterior a la que citamos. Este capítulo se completa con otro destinado al estudio de las marcas de cantero existentes en los muros de la iglesia románica existente.
Al estudiar este periodo no podía faltar la mención a San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza, cuyos datos proceden en gran parte de los manuscritos de Bernardo Matheos.
Otro apartado, no muy frecuente en este tipo de ediciones, es el titulado “Sigilografía ucedana”, en el que se da a conocer el sello concejil de 1258 -que se conserva en la catedral de Toledo- pendiente, junto a otros tres sellos más, de un documento acerca del pleito sostenido entre el Concejo de Uceda y el monasterio de Bonaval sobre el disfrute de una dehesa. El sello de Uceda mide 77 mm. de diámetro y pende de un cordón de lino amarillo. Su anverso representa “una torre con almenas y a cada lado muralla también con almenas, sobre estas una estrella y en la torre una bandera con 4 farpas, indicándonos probablemente los cuatro distritos que tenía el Concejo”. En el reverso “Creciente lunar rodeado de 9 estrellas. La leyenda igual por ambas caras, entre dos gráfilas es: + SIGILLVM CONCILII UZETENSIS”; apartado que continua con la heráldica conservada en la localidad: escudos empotrados en edificios (casas blasonadas) y escudos grabados sobre numerosas losas sepulcrales de la iglesia. Y continuar con otros aspectos históricos como  la primera exención, datada en el siglo XIV.
Otro capítulo interesante es el destinado a recorrer la villa medieval, en el que se lleva a cabo un estudio sobre el castillo y las murallas, con mayor profundidad que el anterior, así como de la puebla arábigo-cristiana, que da pie al complementario de la aljama judía, estudiada por Cantera Burgos, quien señala que, según el Padrón de Huete, la judería de Uceda debía contribuir con 1439 maravedíes en 1439, llegando a los 10.900 en 1491 (aunque en algunas ocasiones Uceda tributaba junto a Tamajón). Lupe Sanz recoge algunas ventas a judíos y de judíos a cristianos para, seguidamente, tras mencionar la sinagoga, recoger multitud de nombres de judaizantes habilitados en 1497 por la Inquisición.
Otros capítulos tratan de la estancia del rey Juan II en Uceda, quien estableció en la Varga una memoria dotada, así como numerosas exenciones, como la del pago del montazgo; Cisneros arcipreste de Uceda, hecho bastante enmarañado hasta la publicación del trabajo del P. José María Pou y Martí (“El cardenal Cisneros, arcipreste de Uceda”, en Archivo Ibero-Americano, XIII, 1920, 413-417), que aclaró suficientemente el asunto; “Iglesias, ermitas y conventos”: de los hubo un convento franciscano fundado en 1610 y ninguna cartuja, como se ha venido sosteniendo, sino una serie casas, situadas entonces en la calle del Norte, dependientes de la cartuja de El Paular y destinadas a recaudar las tercias reales del arciprestazgo ucedano; varias ermitas como las de la Soledad, San Roque -la única que se conserva actualmente-, San Lázaro y las iglesias de Santiago y San Juan, en las que trabajaron diversos artistas y artesanos como Juan Bosque (1613), Andrés de Lope y Pedro López (1606), Bernardo Henríquez, platero; Felipe y José Sánchez (1621), Pedro Remoroso y Juan Bolado, campaneros (1613), etc.
A partir de este momento, mediados del siglo XVI, comienza el declive de la población debido, en parte, al fallecimiento de Isabel “la Católica”, la llegada de Carlos V acompañado de un séquito flamenco y los numerosos conflictos con los pueblos de su alfoz. Precisamente con la llegada al trono de Felipe II tiene lugar la redacción de las Relaciones Topográficas, entre las que se conservan las de Uceda (Biblioteca del Real Monasterio de El Escorial) en las que se recogen algunos datos de interés sobre el capitán Bolea y sus hazañas en las guerras de Flandes acompañando a Carlos V, siendo el primero en atravesar el río Elba a nado, con la espada en la boca, para alcanzar las barcas de la orilla contraria y construir un puente por el que las tropas pudieran atravesar el río, aunque, en realidad, dicha acción no fuera llevada en exclusiva por Bolea, sino por once soldados, según el relato de Bernabé de Busto, cronista del emperador Carlos, en La Empresa e Conquista Germánica.
Continúa el libro con la venta de Uceda al duque de Lerma, confirmada en 1610, de donde surgiría después de ducado de Uceda.
Tampoco faltan los interrogatorios de Lorenzana y del marqués de la Ensenada, que tantos datos aportan sobre la villa. Y, del mismo modo que estudiaba más atrás la figura del capitán Bolea, también lo hace sobre la figura del que fuera cura de la parroquia de Nuestra Señora de la Varga desde 1709 hasta 1726, don Bernardo Matheos,  autor del Libro primero de la Antigüedad venerable y aparición milagrosa de la sacrosanta imagen de Nª Sª de la Varga, compuesto por nueve capítulos y del Tratado segundo de las innumerables maravillas y estupendos milagros de Nª Sacrosanta Imagen, que contiene ocho. Acto seguido se ofrece un amplio estudio sobre la Virgen de la Varga: su aparición, la imagen, lo que de ella se dice en las Relaciones…, algún grabado, la novena y la loa.
Siguieron las desamortizaciones y las grandes obras durante el siglo XIX en que se hicieron los puentes, el Pontón de la Oliva, el ayuntamiento, la casa cuartel de la Guardia Civil, etc. Quizá algo fuera de lugar se encuentra el capítulo referente a la nueva iglesia, llevada a cabo gracias al cardenal Silíceo a finales del siglo XVI.
El libro va finalizando con otra serie de estudios acerca de la Uceda Moderna (siglos XX y XXI); la expropiación de 1.500 hectáreas destinadas a la instalación de la Brigada Paracaidista; algunos datos sobre su demografía; un apartado sobre los personajes más destacados; la agricultura y la ganadería; enseñanza y cultura; sanidad, y un amplísimo capítulo sobre su etnología y folklore, comenzando por la vivienda, la gastronomía, el cardado de la lana, la música tradicional y numerosas fiestas, entre las que figuran el Carnaval, San Antón, Jueves de compadres y comadres, San Isidro, Santa Águeda, la Purísima, la Fiesta de la Cerca, la Cruz de Mayo, la Virgen de marzo, las Candelas, el Corpus, los Reyes Magos y el Belén viviente, la función de agosto y la feria y fiesta de septiembre, además de numerosos juegos y apodos, concluyendo con una amplia bibliografía y una cronología histórica de gran utilidad.
Un libro amplio en contenidos que abunda más, como suele ser normal en este tipo de trabajos, en determinados capítulos de los que existe suficiente material, pero que de todos modos contribuye a conocer detalladamente multitud de aspectos poco conocidos o tal vez algo olvidados, destinado sobre todo a las nuevas generaciones que deseen conocer el pasado de su pueblo. Su lectura es cómoda y sin lugar a dudas, constituye un buen ejemplo, sencillo, de lo que deben ser los textos localistas, en los que verdaderamente, como decía don Juan de Contreras y López de Ayala, marqués de Lozoya, “se escribe la Historia de España”.
Bienvenido, pues, este libro, que tanto dice sobre este pueblo de Guadalajara.

José Ramón LÓPEZ DE LOS MOZOS

        

sábado, 26 de noviembre de 2016

Más Romances Inéditos

Primera parte de la Silua de varios Romances en que estan recopilados la mayor parte de los romances castellanos que hasta agora se han compuesto. Hay algunas canciones y coplas graciosas y sentidas. Impressa en Zaragoza por Esteban G. de Nagera en este año de 1550. Estudio de Viçent Beltran, México, Frente de Afirmación Hispanista, A. C., 2016, 593 pp. [Coord. ed. José J. Labrador Herraiz]. ISBN: 978-84-617-4194-6.

El hermoso libro que nos ocupa aparece dividido en dos partes: La Primera parte de la Silva de romances, debida a Viçent Beltran (Sapienza-UB-IEC), págs. 9-137 y la edición facsimilar de la obra de 1550, págs. 139-593 (Deo gratias).
En la primera es interesante recordar las palabras que, en una nota final de su edición, dejaba Esteban de Nájera, el impresor del libro, recogidas por Viçent Beltran en su estudio:
“Algunos amigos míos como supieron que yo imprimia este cancionero: me traxeron muchos romances que tenian: para que los pusiese enel: y como ya yuamos al fin dela impression: acorde de no poner los: porque fuera interrumper el orden començado: sino hazer otro volumen que será Segunda parte desta Silua de varios romances: la qual se queda imprimiendo” (f.  ccxxi).
Y así fue, puesto que la mencionada Segunda parte vio la luz el mismo año de 1550. Los estudiosos suponen al respecto que no debió tratarse simplemente de la falta de espacio para tanto romance allegado por los amigos de Nájera, sino que el propio impresor debió darse cuenta de que con todo el material recogido podía editar otro volumen, para lo cual, en el primero, lo anunció como un proyecto que, al final, produjo los tres textos que se conocen en la actualidad.
Y es que, como señala Viçent Beltran, la Silva no fue una ficción de Martín Nucio, sino, como queda dicho, un proyecto que inmediatamente logró un sonado éxito, a través de  una primera parte bastante alejada del modelo en que aparecieron los pliegos, puesto que aprovechó la oportunidad para dar a la luz una serie de chistes y canciones, sin modelo concreto y con los poemas dispuestos sin un orden previamente establecido, método que siguió Nájera a lo largo de su escasa producción y que, en realidad, vino a ser una especie de prueba a seguir en el resto de sus ediciones mediante la utilización de elementos suficientemente utilizados teniendo además a su favor un mercado seguro para incluir todo tipo de novedades como se demuestra a lo largo de la Segunda y Tercera parte de la Silva y el Cancionero general de obras nuevas.
El hecho de incluir los romances religiosos y los chistes-canciones significó una apertura a dos aspectos claramente contrapuestos: la lírica religiosa y la poesía festiva, aunque siguiendo los gustos y preferencias de quienes tenían suficiente poder económico para la adquisición de tales libros, es decir, la aristocracia y las clases acomodadas quienes, todavía a mediados del siglo XVI, consideraban el romance en su dimensión publicitaria y didáctica, especialmente de los hechos históricos, en la puesta al día de las costumbres corteses y por la introducción en ellos de ciertos elementos grecolatinos, a pesar de todo lo cual, la lírica musical fue mucho más innovadora.
En lo que se refiere a la procedencia de los materiales, Beltran confirma, tras el análisis de los pliegos que, al no existir una tradición escrita anterior, es de suponer que tales géneros debieron ser empleados por ministriles o músicos y recitadores, lo que dio lugar a numerosas modificaciones como puede constatarse en el romancero nuevo y en los cancioneros coetáneos a los Reyes Católicos, en los que aparecen versiones abreviadas en comparación con las manuscritas e impresas.
Del mismo modo, los eclesiásticos debieron encargarse de la producción de poesía religiosa, según puede apreciarse en los ocho romances de la Segunda parte.
El caso fue que, tanto el contacto con músicos y declamadores y con clérigos, debió tener mucha importancia para Esteban de Nájera a la hora de llevar a cabo sus ediciones, en cuya documentación queda patente su impronta.
Posteriormente, las diversas ediciones de la Silva debieron servir de fuente para el mejor conocimiento del romancero, hasta que la verdadera importancia había que concedérsela a Martín Nucio, como pone de manifiesto el estudio de Mario Garvin, Martín Nucio y las fuentes del `Cancionero de romances´ (pp. 289-291), cuyo facsímil fue estudiado por Menéndez Pidal quien llamó la atención de los expertos hacia este editor, relegando las Silvas a un último plano al considerándolas como simples reediciones o meras continuaciones sin importancia para el estudio del romancero, aunque a la hora de este “olvido” también tuvo importancia la escasa dedicación al tema épico nacional, que debió esperar hasta el siglo XX, en que sirvió a los intereses de los neotradicionalistas.
Sin embargo, Antonio Rodríguez-Moñino dejó bien claro que:
“las dos grandes fuentes de difusión del romancero español entre la masa popular han sido los pliegos sueltos poéticos y esta Silva en sus diferentes versiones. No podemos considerar como un elemento decisivo en esta transmisión al Cancionero de romances que en doscientos años solo se imprimió seis veces, cinco de ellas fuera de España”,
dando prioridad entre las Silvas a la que denominó Silva compendiada de Jaime Cortey, publicada en Barcelona en 1561, que se editó ininterrumpidamente desde 1561 hasta 1696, de la que hay registradas 33 ediciones y la total seguridad de que hubo algunas más (La Silva de romances de 1561, p. 7).
Pero volvamos al comienzo del libro, donde Viçent Beltran ofrece numerosos datos acerca de la emergencia del romancero y la importancia de la Silva en la historia de la literatura española, para lo cual parte del significado del romancero durante los primeros cincuenta años del siglo XVI e indica el proceso que siguió para, desde la oralidad, convertirse en escrito (copiado o impreso), participando para ello en un proceso de transmisión que adquiere una persistencia de la que carece la tradición oral, aunque conservando, en parte, algunas formas de ser del texto oral, especialmente la movilidad textual y el carácter anónimo.
El brote de los primeros romances escritos conduce a la corte de Alfonso el Magnánimo -el primer romance transcrito, “Gentil dona, gentil dona”, fue copiado por un mallorquín que estudiaba en Bolonia en fecha algo posterior a 1421 y se trata de un romance tradicional basado en un motivo folklórico de tema erótico-libertino: la burla hacia el hombre rudo que no sabe amar, que tan altas cotas alcanzó en el mundo aristocrático-. También figura en dicha corte el primer romance trovadoresco: “Terrible duelo fazia”, del poeta Carvajal, en el que se usa como tema principal “la cárcel de amor”.
El resto de los romances de esta etapa contienen un aspecto marcadamente noticiero y en ellos se siguen empleando los modelos y usos tradicionales, como queda de manifiesto, por ejemplo, en el romance titulado “Por los montes Pirineos” en el que se cuenta la huida a Francia del príncipe de Viana, tras ser derrotado por su padre Juan II de Aragón (1457). Romane al que se le añadió una melodía actualmente perdida. Los ejemplos serían muchos.
Con el paso del tiempo, entre finales del siglo XV y comienzos del siguiente, se va produciendo una evolución del romancero, precisamente cuando, de forma esporádica, aparte de los cancioneros, comienzan a ser copiados numerosos romances épicos tradicionales: “Ya comienzan los franceses”, “Helo, helo por do viene”, “Rey que no hace justicia”, etc., hecho que seguirá siendo costumbre hasta la llegada del romance nuevo, en que comienzan a manuscribirse, de ahí la importancia de la edición de pliegos sueltos, como la del manojo que imprimió Jacobo Cromberger en su imprenta de Sevilla entre 1511 y 1515: “Ya cabalga Calaínos”, “Asentado está Gaiferos”, el Romance de conde Alarcos, “Retraída está la infanta”, “Estávase el conde Dirlos”, el Romance del conde Guarinos, “Mal ovisteis los franceses”… de los que ninguno procede del Cancionero general.
A pesar del éxito obtenido, la edición de romances orales no fue continuada por otros impresores, que se dedicaron a publicar partes concretas o extractos del Cancionero mencionado, de modo que los publicados a mediados del siglo XVI constituirían la base del Cancionero de romances, del que también descenderían las Silvas de romances que tanto contribuyeron a la conservación del romancero antiguo.
Viçent Beltran señala la importancia de llevar a cabo una nueva interpretación de la función social del pliego suelto, del que se viene aceptando que
“nace, con los albores de la tipografía, el cuadernillo barato que reúne un haz de composiciones para cantar o para leer, patrimonio literario de un pueblo, atenido casi exclusivamente antes a tradición oral (…) destinado a propagar textos literarios o históricos ante la gran masa lectora, principalmente popular “. Se trata del periodo que estudió Caro Baroja en su Ensayo sobre la literatura de cordel (Madrid, Revista de Occidente, 1969).
En realidad este aspecto se desarrolló entre los siglos XVI -alrededor de 1580- y XX, aunque en su primer momento prevaleció la lectura del denominado “pliego culto”, como su propio nombre indica destinado a quienes podían leer con la suficiente fluidez como para que su lectura se convirtiese en motivo de placer y fuente de instrucción, es decir, algunos nobles, clérigos, letrados y determinadas élites ciudadanas, lo que explicaría que poetas de alto nivel como Juan del Encina y Juan de Timoneda e incluso Lope de Vega, cuidaran por sí mismos sus ediciones de pliegos.
Además, el pliego, sobre todo en sus comienzos, conllevaba un carácter oficial en el que quedaba patente cierto contenido político e ideológico mediante el que se procuraba promocionar la monarquía, por lo que durante el reinado de Carlos I este contenido aumentó considerablemente poniendo énfasis en algunas controversias e incluso en la guerra de las Comunidades, que produjeron gran cantidad de pliegos sueltos con los que dar paso a una importante campaña publicitaria.
De todo lo que se deduce que los pliegos gozaron de una doble importancia, primeramente por haber impreso textos que circulaban precariamente, tal vez en repertorios musicales o utilizados por recitadores profesionales, y, en segundo lugar, por haber constituido la fuente principal de la mayor parte del Cancionero de romances y haber contribuido a la conservación de muchas obras que de otra forma se hubieran perdido.
Respecto a las fuentes del Cancionero de romances antes citado, Menéndez Pidal consideró que la mayor parte provenían del Cancionero general, a los pliegos sueltos y, muy pocos, a la tradición oral o manuscrita, por lo que dedujo que “en general podemos presumir que proceden de copias manuscritas de romances de tono juglaresco, erudito o artístico (…) y de la tradición oral, los de tono popular”, sin tener en cuenta el contenido de la presentación del volumen que imprimió Martín Nucio, refiriéndose a la “flaqueza dela memoria de algunos que me los dictaron” (Cancionero de romances impreso en Amberes sin año. Edición facsímil con una introducción por R. Menéndez Pidal. Nueva edición, Madrid, C.S.I.C., 1945).
Sin embargo, contando con las fuentes disponibles en la actualidad, Mario Garvin (“Martín Nucio y las fuentes del Cancionero de romances”, eHumanista, 32, 2016, 288-302), indica que veinticinco romances proceden de fuentes desconocidas, de diecisiete supone que medió algún manuscrito y solo cinco son de posible origen oral. También deduce que el Cancionero de romances es el resultado de un proceso de compilación y posterior ordenación ya que Martín Nucio escogió una serie de romances del Cancionero general, de los que hizo la clasificación temática -anunciada en el prólogo: “primero los que hablan delas cosas de francia y de los doze pares, despues los que cuentan historias castellanas y después los de troya y vltimante los que tratan cosas de amores”-, cuya ordenación se le hizo difícil en algunos casos, por ser la primera vez y también por  basarse en el contenido de los pliegos que, generalmente, contienen varios temas, sometiendo los textos a una cuidadosa revisión ortográfica y a una nueva presentación tipográfica (que mejorase su legibilidad) y que pasó de emplear la letra gótica por la humanística redonda que iba cobrando mayor auge, elementos que empleó cuidadosamente a la hora de la edición definitiva del Cancionero de romances de 1550 (Anvers -Amberes-, 1550).
Con todo este material, parece más fácil analizar la estructura, fuentes y significación de la Primera Silva de romances, de la que lo primero que llama la atención es el título, puesto que la palabra romancero se empieza a extender tras la aparición del Romancero de Pedro de Padilla en 1583. Otro aspecto a tener en cuenta es la dependencia de la Silva respecto al Cancionero, de la que retoma el orden, como así se pone de relieve en el libro que comentamos.
El Cancionero de romances finalizaba con un “perqué” anunciado por la rúbrica “Porqve en este pliego quedauan algunas paginas blancas y no hallamos Romances para ellas pusimos lo que se sigue”, que también cierra en la Primera parte de la Silva la sección de romances, aunque con una rúbrica nueva: Romance a manera de perque, que es un género procedente de los cancioneros cuatrocentistas, muy utilizado en el Renacimiento de modo que en ocasiones confluyó con los géneros cómicos y satíricos y, más concretamente, con las composiciones de disparates.
Todo ello da pie a Viçent Beltran a extraer dos conclusiones: “una mayor cohesión de las secciones temáticas en que Esteban de Nájera, siguiendo a Martín Nucio, organizó su edición (…) y el expurgo de romances carolingios o de tema francés, a pesar de no haber sido completamente rigurosa…”.
Un libro interesantísimo para la historia de la literatura española, de gran profundidad y de cuya lectura disfrutará el lector, dada la cantidad de aspectos que, quienes ya tienen cierta edad, podrán comparar con los ciegos ambulantes recitadores de pliegos de cordel que también vendían y que tanta importancia tuvieron en la España de posguerra.
José Ramón López de los Mozos